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27 de mayo de 2014
Ramón Díaz Eterovic

El Gordo de los Boleros

Por Ramón Díaz Eterovic

Si, es cierto que una noche Márquez le llamó gordo mugroso; que allí en el bar de Diez de Julio estábamos sus amigos, y que él asumió el insulto sin replicar, con esa humildad de los que se obligan a mirar la vida desde abajo. Que para humillarlo le negó una cerveza y todos los presentes nos reímos con esa estupidez que aflora cuando el trago corre de prisa. Reímos por costumbre, ya que de simpatías por Márquez ni hablar. Nadie aprecia a un cerdo que vende cerveza aguada y más encima se siente poderoso, dueño del lado oscuro de sus clientes. Por costumbre, sí. El Gordo con su panza desmesurada, sus mofletes sudorosos y su repentina tartamudez ha sido desde siempre el mejor blanco para nuestras bromas. Es que nosotros somos así. De tanto cuidar las esquinas se nos ha ido agriando la leche. Entonces, no es sorpresa abusar del Gordo ni tampoco él, como esa noche, se quedara seco de palabras al ver que desde la barra lo observaba la linda Carlita Pulido, la morocha que Márquez contrató de cajera y que a más de uno de nosotros le remueve los sesos, aunque en público se opine que la mina no da para tanto y que más nada es la novedad. Claro que el Gordo no piensa igual, ya que la mentada Carlita llamó su atención desde la primera noche que la vio tras la registradora, vestida con una minifalda amarilla que permitía aquilatar sus piernas delgadas y su trasero plano, insignificante. Lo cierto es que nadie se dio cuenta de la ira del Gordo, y si ahora la recordamos es porque al día siguiente él lo comentó con nosotros, cansado de ser el cero más cero del barrio y de trabajar como esclavo para reunir los cuatro veintes que sus padres le exigían llevar a casa. De algún modo, y sin que eso sea fundamental, lo de Márquez despertó su resentimiento. Más por la oportunidad que por lo dicho, ya que lo de mugroso no era tan grave. Gordo ya le decían en la escuela, y mugroso, todos lo somos en este barrio. Unos más, otros menos, según la época o la fortuna. No hay más que pensar en Márquez, tan feliz por la mañana y ahora, serio a más no poder, incapaz de entender lo que ocurre a su lado, aunque sea el mismísimo protagonista. La verdad es que lo del Gordo venía de antes. Tal vez desde que supo que no todos usaban sus mismas zapatillas raídas y que eso que salía en las revistas pirulas era verdad. Existían los Mercedes Benz, la ropa elegante, el copete fino y las minas rubias que sentían un profundo desprecio por los obesos. Lo señaló la mañana que le despidieron del supermercado donde trabajaba reponiendo mercadería. “Nosotros estamos al otro lado de la vitrina”, dijo, luego de probar la cerveza que le compramos para levantarle el ánimo. Desde ese día se sintió parte de una desgracia común, se unió más al grupo y llegó al bar siempre de los primeros. Se sentaba junto a la barra y se dedicaba a mirar a la Carlita Pulido. Triste, jugaba con una moneda que jamás saliá de los bolsillos de su pantalón. Sí, el Gordo se puso resentido. Y no era para menos. Si hasta las putas de San Camilo le hacían el quite aquellas noches en que aparecía con billetes tan legales como los nuestros, ganados en el Persa de Bío Bío, vendiendo lo que algunos de nosotros robaba por la noche. Cuestión de suerte. Detalles de su existencia que se los contamos para que usted sepa y no vaya a escribir mal de él. Porque es bueno que entienda que la Carlita Pulido cuece algunas habas en este guiso. Se lo decimos nosotros que somos sus amigos, que crecimos con él desde la infancia y compartimos sus momentos de gloria. ¡No ponga esa cara! El Gordo tuvo su instante glorioso. La tarde en que ganó un concurso de boleros en Sábados Gigantes. Lo vimos en la tele del bar. Cantó uno que nadie conocía de nombre, pero que sin duda estaba dedicado a la Carlita Pulido. “Usted es la culpable de todas mis angustias, de todos mis quebrantos, decía al comienzo. Se la cantaríamos completa, pero el ánimo no da, y para ser honrados, él que cantaba bien era el Gordo. Con un poco de ayuda podría haber sido como el Zalo Reyes, al que una vez oímos cantar en una fiesta que organizó la Municipalidad antes de una elección de diputados. Pero eso es harina de otro costal y nosotros estábamos en el asunto del concurso. Cantó una vez y lo seleccionaron. Enseguida compitió con otros dos participantes. Uno era un tipo viejo y algo amanerado. El otro, moreno y de su edad. Apostamos a este último y nadie pudo creer cuando el Gordo sacó esa voz que no le conocíamos. Una voz clara, exacta en el decir o susurrar de cada verso, capaz de estremecer al amante más esquivo. Si nosotros tuvimos dudas, el público del programa, no. Lo aplaudieron a rabiar y de no ser por el animador, lo sacan en andas. Después del programa llegó en un radiotaxi que le pagaron los del canal. Vestía la camisa roja y el vestón blanco que le habín regalado los auspiciadores. Y además traía dinero. El suficiente para pedir una ronda de cerveza para nosotros, sentirse el dueño del bar por una noche, y cantar de nuevo el bolero junto a la registradora de Carlita Pulido, la que entonces ya había recibido la primera carta del Gordo. Carta que escribimos recurriendo a la página sentimental de La Cuarta, y que la muchacha tuvo la mala ocurrencia de mostrar a Márquez, tal vez porque le tenía miedo o porque eran ciertos esos rumores que hablaban de noches en que la Carlita no se iba a su casa. Como sea, el resultado fue más o menos el mismo. Márquez le tomó bronca y comenzó a joderlo por el puro gusto de darse importancia. Pero el Gordo parecía hecho de madera dura, y además, estaba el éxito. Durante dos meses cantó en boites de mala muerte, y su foto se iluminó en vitrinas de San Diego al sur. Hasta que su estrella se apagó y nadie vino a preguntar por él, y el concurso pasó a ser parte de las historias increíbles del barrio. Aparentemente no sintó el fracaso. Sus energías estaban concentradas en ubicarse junto a la barra y mirar a la Carlita que, de más está decirlo, no le prestaba la más mínima atención, y sólo de vez en cuando le decía algunas palabras como para avivarle la ilusión. Y eso que a él le parecía normal pudo arrastrarse por meses, si no fuera porque ahí estuvimos nosotros decididos a mover una pieza más del juego. El Gordo recibió una carta de Carlita Pulido en la que se mostraba ardiente y “dispuesta a sobrepasar los prejuicios de la época y el destino”. Frase esta última que copiamos de una revista del corazón que encontramos en la peluquería y que nos pareció apropiada para remecer el ánimo del Gordo, al que imaginamos aparecer en el bar dispuesto a recorrer el camino más recto entre la Carlita y sus deseos. Pero no fue así. Le dio por la poesía y la responsabilidad. A la poesía se acercó a través de un amigo suplementero y miembro de un ateneo de poca o ninguna memoria, y con su ayuda le escribió tres cartas apasionadas en una misma semana. Y por la responsabilidad conversó con un tío lejano y se consiguió pega de mozo.

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RAMÓN DÍAZ ETEROVIC nació en Punta Arenas en 1956. Su labor creativa abarca la poesía -con libros como “El poeta derribado” y “Pasajero de la ausencia”-, el cuento y la novela, en la cual se ha convertido en el principal cultor en nuestro país del género policial, creando al paradigmático detective Heredia, en cuyas aventuras se mezcla el escepticismo y la intriga política con una maestría pocas veces vista en nuestra narrativa.

Ramón Díaz Eterovic ha sido, además, uno de los principales interesados en difundir la narrativa chilena que encuentra sus orígenes en la década de 1980, y realizó la antología -junto a Diego Muñoz- de “Contando el cuento: antología joven narrativa chilena” y “Andar con cuentos: nueva narrativa chilena”.

En Chile ha obtenido gran cantidad de premios, entre los que destacan el Premio del Consejo Nacional del Libro y la Lectura (1995) y el Premio Municipal de Santiago, Género Novela (1996 y 2002). Además, ha sido finalista en los premios Casa de las Américas (Cuba), premio Planeta Argentina de Novela y premio Dashiell Hammett, de la Asociación Internacional de Escritores Policíacos.

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