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27 de mayo de 2014
Gabriel Morales WilsonGabriel Morales Wilson

El último grumete de la Baquedano

Por Gabriel Morales Wilson

En su magnífica novela que pertenece hoy a la literatura mundial, Francisco Coloane, transformó a un chiquillo de 15 años, Alejandro Silva Cáceres, en un grumete de la “Baquedano”, en el último viaje de esta corbeta de la marina nacional. Y como cualquier barco que se respete, no podía faltar el marino y sus historias, tal como el sargento Escobar y su fantasma del “Leonora”, ese velero que poseía la proa de una sirena que mientras los tripulantes dormían en el camarote, se les aparecía en forma de una mujer hermosísima, vestida con una túnica blanca. Los tomaba del brazo y los conducía a través del velero y los arrojaba por la borda, sin que dejaran huella alguna.

Personalmente tengo otra versión de la historia, de la “Baquedano”, siendo yo un  personaje de la misma; es decir, un testigo presencial y, a pesar que jamás ésta alcanzará el prestigio de la que hoy los niños del mundo entero viajan por los siete mares gracias a la imaginación de Francisco Coloane.

Esta es mi versión.

Al parecer mi abuelo paterno murió poco tiempo después de mi nacimiento. Lo único que pude conocer acerca de su vida, se reducía a que fue (según algunos de la familia le dieron galones de almirante y otros, de contra-almirante, posiblemente ambos, porque era costumbre de otorgarle el grado superior al miembros de las fuerzas armadas cuando eran llamados a retiro), y otra que fue quien dilapidó la  fortuna de su mujer –en tal caso mi abuela-, sin olvidar que murió en los brazos de otra mujer.

En nuestra casa o de los familiares, era una conversación tabú. Más aún, en la casa de mi abuela jamás escuché su nombre durante los años de mi infancia que viví a su lado, mientras mis padres cambiaban de domicilios como de países, tanto por exilios obligados o por obligaciones profesionales, sin desconocer que pertenecieron al tiempo de los años locos, de la auténtica bohemia cuando nacieron las organizaciones de intelectuales, donde salieron poetas destinados a premios Nobel, artistas que hoy son impagables, políticos que cambiaron el rostro social de Chile.

Hoy, cuando logro salir de los efectos de la droga que me reemplazó todas las que me permitieron viajar en un mundo onírico, descubro con espanto que cuando no hay futuro posible y el pasado se va borrando en la medida que el cerebro está a disposición de las metástasis, trato de recuperar al menos lo esencial: la infancia, que fue magnífica porque es justamente entonces y no en otra época, cuando construí los sueños que si no los logré realizar, al menos los hice reales gracias a una imaginación que me permitió recrear el país perdido o inventar un nuevo universo donde todo es tangible, porque al final de cuentas me he convencido que existir no es otra parte que un sueño y que la muerte, no es otra cara de la misma moneda.

“La Baquedano”

Periódicamente pasaba Segundo –solamente “Segundo”- frente a nuestra casa en Viña del Mar. A través de la reja, le pasaba las “chauchas” necesarias para comprarle castañas asadas o maní confitado. Bastaba escuchar su campanilla para correr a la abuela por unas monedas, a sabiendas que más tarde pasaría por el cepillo de dientes y el control respectivo.

Segundo era el capitán de “La Baquedano” y su gorra como tal, era el símbolo de su cargo, aunque merecía más que un lavado y un parche por ahí y otro por allá. “La Baquedano” era su barco manisero, que rodaba con dos ruedas como las de un barco del Misisipi, pero en la proa decía bien claro que no, que simplemente era “La Baquedano”, que en lugar de puerto en puerto iba navegando de calle en calle, anunciándote con la campanilla y esa voz que no olvidaré jamás:

“Maní, maní, maní para las damas
Maní, maní para los niños
Maní tostado como mulatas del Caribe
Blanca y dulces como las castañas
Del corazón de la mujer chilena…”

“La Baquedano” echaba su humo perfumado de su única chimenea, por un lado freía el maní y por la caldera asaba esas castañas que yo devoraba en el lugar mismo, mientras conversábamos:

Y “Grumete” -le decía-, cuéntame qué maldades has hecho desde la última vez que te vi.

Entonces me confesaba y para que no cortara antes de tiempo, me agregaba otras castañas y me preguntaba una y otra vez cómo le había logrado romper la pata de la silla (“Esta la traje de Francia y la compré en un anticuario que me dio un papel que demuestra que pertenecía al palacio de Luis XV”, se farsanteaba una de mis tías), por lo cual fui definitivamente castigado a comer en la cocina con las sirvientas.

Cuando hoy recuerdo, me digo que quienes siempre me impresionaron de una manera u otra en mi vida, fueron de gente modesta, personas cuyos nombres no dejaron huellas como para figurar en los libros, salvo otros como yo, que supimos darles la importancia que merecen, porque eran de almas diáfanas, que descubrieron que bastó construir un barco manisero y llamarlo “La Baquedano”, recorrer calles y ciudades, siempre caminando hacia el destino que ellos habían escogido.

Segundo me nombró como el principal grumete de “La Baquedano”. Con Segundo aprendí a escuchar historias increíbles de un marino cuyo barco no dejaba estelas en las calles; además, contar mis propios sueños de niño, el niño que un día viajaría por el mundo, descubriendo que el planeta se destruía por quienes no sueñan, no tienen otra imaginación que contar una fortuna que no les permite ni permitió comer castañas asadas o maní confitado.

Capitán de Navío

Al fondo de la casa se encontraba una casita la que estaba destinada a quien supondría sería un hombre para todo servicio, pero que en realidad estaba destinada a reunir baúles, enormes maletas de cuero, cajas con los sombreros de mi abuela y otras con estuche de cuero. Ahí estaban las gorras del abuelo marino. En un armario, donde el olor de naftalina era insoportable, se colgaban los diferentes uniformes del abuelo. Armario cerrado y olvidado para siempre, permitiendo que el polvo se acumulara y no me hubiese parecido extraño que además podríamos encontrar allí el cadáver del marino infiel, colgado como un uniforme.

Era mi lugar preferido, porque ahí descubrí baúles que conocieron numerosos puertos, instrumentos de navegación, mapas y otros objetos que requerían un estudio profundo a fin de descubrir sus respectivas utilidades.

En el manojo de llaves que se encontraba en el marco de la puerta, estaba la llave del famoso armario castigado. Hubo días que me decía que sí, otros que no, que abrirlo significaba el “San Martin” en las piernas, pero al final terminé por abrirlo y allí encontrar los respectivos uniformes. Uno con varios galones, otros con galones más gruesos, otros de gala. Camisas y zapatos.

En mí no había duda alguna que uno de esos uniformes le vendría “de primera” al capitán de “La Baquedano” y así fue. En la primera ocasión que pasó frente a nuestra reja, corrí al fondo de la casa y tomé el que previamente había escogido para Segundo, sin olvidar la gorra respectiva. Puse unas cuantas camisas, un par de zapatos y se lo entregué.

Segundo al abrir el paquete me decía que no, que no podía aceptarla, pero insistí de tal manera como amenazándolo de romper nuestra amistad si no lo aceptaba. Me dijo que quizás con unas pequeñas transformaciones le quedarían excelente, al notar que el marino pasaba el metro ochenta y él, difícilmente al metro setenta.

-Gracias, mi grumete-, me estiró la mano entre la reja y lo vi alejarse cantando y sonando la campanilla  anunciando su mercancía.

Dos días más tarde se presentaron dos policías que traían a Segundo vestido con su uniforme de capitán de navío. Informaron a mi abuela que el individuo afirmaba que dicho uniforme se lo habían regalado en nuestra casa. Bastó que mi abuela me diera una mirada para darse cuenta mi culpabilidad. Me sonrió y dirigiéndose a mí me dice en un tono de malestar:

-¡No te dije que le dieras ese uniforme!  ¡El que te dije era el que tenía más galones! 

Los policías se quedaron con la boca abierta, pero ella no podía regalar un uniforme con todos esos galones, que sería un insulto a la marina nacional.

Ella, cogió su costurero que siempre estaba a mano, le sacó los galones y a cambio le puso una cinta roja.     

Le regaló otras camisas y le dio las gracias al aceptar el regalo de su nieto, de su “grumete”.

-¿Así puede usarlo?- preguntó.

Hoy, cuando la niebla llega a mi cerebro, me digo que en verdad yo fui el último “grumete” de “La Baquedano”, ese barco con ruedas que llevó el uniforme de un capitán de  navío que en castigo por infiel no mereció otro mando que el de un barco manisero y que la “Leonora” –el velero fantasma- seguramente lo hubiese tirado por la borda por orden de mi abuela.

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