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21 de febrero de 2014
Miguel Tapia G., Periodista
Fusilamiento. Portada de El Observador

Mis recuerdos del Caso Psicópatas (II)

Yo los vi morir fusilados

Miguel Tapia González / Periodista

Alrededor de las 13 horas del lunes 28 de enero de 1985, sobrevolé el centro de Quillota en una avioneta del Club Aéreo de Boco, pilotado por un señor Larach, quien gentilmente accedió a llevarme a fotografiar los preparativos para el doble fusilamiento de los psicópatas de Viña del Mar, en la abandonada ex Cárcel de Quillota.

Ubiqué el lugar preciso, la multicancha donde los ex carabineros Jorge Sagredo Pizarro y Carlos Topp Collins debían morir fusilados a la madrugada siguiente. No había nada… ¡Nada! Sólo una multicancha vacía…

Preparativos

Lo que no sabíamos los periodistas es que todo se hizo en escasas horas, al anochecer. Ni que desde la nueva Comisaría de Carabineros, vecina a la ex Cárcel, se había abierto una pasada provisoria entre ambos recintos. Entonces, camiones venidos desde Valparaíso ingresaron sin que lo advirtiéramos por el costado de la unidad policial, en calle Pinto, desde donde bajaron muchas frazadas, los dos banquillos de palos donde serían ubicados los condenados, sillas, los sacos rellenos con yute y arena que se ubicarían detrás de los banquillos para evitar que reboten las balas, gran cantidad de frazadas, vestuario de vigilantes y material de oficina.

Tampoco sabíamos que esa mañana, los dos condenados se habían cortado el pelo en la Comisaría, por un peluquero que tenía su local al frente de la unidad policial. Ni que en la misma víspera de la ejecución, el sacerdote Eliseo Órdenes (jesuita y ciego) bendijo en su celda el matrimonio de Carlos Topp Collins con América Cassanga, con quien estaba casado sólo por el Civil. Eso nos lo declaró el cura a última hora del lunes.

El teatro de los fusilamientos fue preparado a última hora de ese día. Cubrieron todo el lugar, por sus cuatro costados, cielo y piso, con frazadas amarradas artesanalmente unas a otras, con sogas para asegurarlas a las estructuras del entorno.

A la escena

Los periodistas ingresamos al recinto carcelario –donde ya no había presos porque estaban en la nueva Cárcel- alrededor de las tres de la madrugada de ese 29 de enero. Nos hicieron quitarnos toda nuestra ropa y colocarnos pantalón y camisa de Gendarmería, hombres y mujeres. Tuve que recurrir al director general de la institución, un joven abogado de  apellido Novoa, para evitar que me quiten los anteojos, sin los cuales no veo a más de un metro. No pudimos llevar absolutamente nada. A cada periodista le proporcionaron un lápiz de grafito y un papel, para tomar apuntes.

Nos hicieron entrar al sector oriente del tétrico recinto habilitado como patíbulo exactamente a las 5.48 horas. Se había habilitado una especie de macabro auditorio bien iluminado con luces de sodio, con unos treinta asientos dispuestos de oriente a poniente. Al fondo, los dos banquillos y detrás de ellos, un muro de sacos de arena.

Ocupamos ese escenario unos doce periodistas; en las primeras filas de asientos se ubicaron autoridades del Poder Judicial y de Gendarmería. Funcionarios de esa institución, además, filmaron y fotografiaron todo el procedimiento.

Los tétricos momentos

Transcribo parte de la crónica escrita inmediatamente después de los hechos en la pequeña edición especial de “El Observador” que circuló esa misma mañana:

“El monótono rezo en voz alta del Ave María por los dos sacerdotes que asistieron a los condenados –Carlos Morales, de Sagredo, y Eliseo Órdenes, de Topp Collins- nos indicó un minuto más tarde (de nuestro arribo) que ingresaban los condenados.

“Primero apareció desde el costado derecho, al fondo de la cancha y a unos 12 metros de donde nos encontrábamos, el sacerdote Carlos Morales, que guiaba junto a dos gendarmes a Jorge Sagredo, quien avanzaba dificultosamente. Se advertía claramente que Sagredo acompañaba el rezo en voz alta, con sobrecogedora monotonía y seguridad.

“Luego, ayudado por gendarmes y el cura ciego Eliseo Órdenes, apareció Topp Collins. Ambos llevaban una gran venda sobre los ojos, pero sus facciones eran perfectamente reconocibles. El primero blanco, grueso, no tan alto y el segundo delgado y atlético, moreno…”

Dos gendarmes ayudaron a sentarse a cada uno en sus banquillos: Sagredo a nuestra izquierda separado unos dos metros de Topp Collins. Les ataron las manos por detrás del respaldo, también los aseguraron por el cuello y los pies fueron amarrados a cada pata de los asientos, en posición oblicua hacia atrás. Después, dos médicos adhirieron un círculo de cartulina roja sobre el pecho de cada uno, para indicar el lugar exacto del corazón.

Una espeluznante detonación

“A las 5.49 horas quedaron sentados. En sorpresiva aparición, de pronto, emergieron de entre las cortinas-frazadas, desde la izquierda, los fusileros, con el característico uniforme verde oscuro, calzando zapatillas blancas, para no hacer ruido alguno sobre el tapizado piso. En no más de 25 segundos, los fusileros tomaron posición frente al cadalso, ocho de pie y ocho con una rodilla flectada sobre el suelo. Los religiosos comenzaron a alejarse de los condenados alzando el volumen del rezo. A nuestra derecha apareció un oficial armado de un sable en alto, que bajó al tiempo que una estruendosa detonación nos sobrecogió indescriptiblemente cuando eran las 5.52. Fue casi imperceptible todo el movimiento, pero los tiradores abandonaron el lugar tan rápidamente como habían entrado…”

Un dato: cada tirador estaba armado de un fusil Mausser 9 milímetros; en cada pelotón (de ocho gendarmes), uno tenía su arma cargada con bala de fogueo; así, cada uno podrá pensar que pudo no matar.

Impactantes momentos

Todos mirábamos consternados la escena que se presentaba nítidamente frente a nosotros: brutal, cruda, espantosa. El pecho de Topp Collins se hinchaba y recogía con violencia. La cartulina roja brillaba, ensangrentada, contra la luz de los reflectores que iluminaban la escena. Seguía con vida. Dos jóvenes de delantal blanco –médicos de Gendarmería- irrumpieron para verificar el estado de los fusilados. Vimos el rostro acongojado del oficial que había ordenado los disparos, seguramente temiendo tener que dar el tiro de gracia. Segundos después, el ajusticiado quedó inmóvil: había muerto. El oficial emitió un sonoro suspiro de alivio.

Sagredo, a nuestra derecha, había perecido en el acto. Nos impresionó verificar que el disco rojo había saltado hecho añicos, a más de un metro, al parecer empujado por un chorro de sangre que llegó al suelo, también a más de un metro de su pecho…

“Eran las 5.58 cuando se retiraron los médicos y en rápida maniobra ingresaron cuatro gendarmes que comenzaron a desatar las sogas de los pies, brazos y cuello. El padre Morales ayudó a retirar el cuerpo de Sagredo, colocando en torno a su cuello lo que nos pareció un escapulario. Aparecieron los camilleros y entre tres alzaron cada cuerpo y los retiraron. Los llevaron por la misma vía por la cual doce minutos antes habían ingresado con vida rezando por sus almas y el perdón de sus pecados”.

Terminaba mi inmediato primer relato:

“La matemática precisión de la teatral escena vivida esta mañana nos conmovió en lo más profundo, brutal y dramáticamente. Sólo 25 segundos habían ocupado los ‘verdugos’ en segar dos vidas. Todo, por el inexorable –aunque incomprensible- imperio de la ley…”

Reflexión posterior

Los periodistas tardamos varios minutos en cambiarnos ropa, recuperar nuestras pertenencias y salir raudamente a hacer nuestros despachos. Nos negamos a reconocer los cadáveres, como nos lo ofreció el Director de Gendarmería. Escribí mi crónica en la misma imprenta, donde una hora después salió el suplemento que se vendió como pan caliente. Luego, en mi oficina de El Observador atendí muchas personas que pedían conocer detalles de la ejecución. Pasadas las 15 horas llegué a casa; dormí varias horas. Desperté de noche y recién entonces pude reflexionar sobre lo vivido.

…Y concluí que lo vivido no fue sino la acción de un Estado asesino, que mata asesinos cuando su deber es proteger la vida de cada ciudadano. Entonces decidí iniciar mi campaña contra la pena de muerte. Pero este será motivo de otro reportaje.

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