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21 de febrero de 2014
Gabriel Morales WilsonGabriel Morales Wilson

Soneto irlandés

Gabriel Morales Wilson

Llegué sostenido en mi bastón, agotado de un viaje de mil quinientos kilómetros y sin siquiera pasar una noche en un hotel para recuperarme y de tal manera alcanzar sin atraso, al entierro de mi querido amigo irlandés, Tadhg Mac Na Farraige.

El auto cumplió –una vez más-, su promesa, pese a que se irá conmigo al cementerio de los que ya no tienen piezas de repuesto. Su chofer, el suscrito, modelo 1944,   ya no se fabrica. Salió fallado desde la cadena de montaje, pero más que mal he recorrido los suficientes kilómetros como para dar vuelta el mundo al menos tres veces.

La hermana de Tadgh me esperaba en la entrada de la única calle de la aldea ahí, en esa Irlanda que tanto amó, su whisky y las pelirrojas.

Era de esos días que tanto admiro, cuando las nubes se confunden a la mar-océano, en un gris luminoso especialmente cuando un rayo de sol atraviesa difícilmente las nubes y descubrimos que –incluso en instantes tan tristes, solemnes- existirá siempre una esperanza, un paraíso que bastaría  subir en la luz e ir al país de Quizás Nunca Jamás o bien, el paraíso de los que ansían volver a abrazar a los seres tan amados y que se fueron un día, una tarde o una noche y no tuviste la ocasión de darles el beso de la despedida.

El exilio es una condena que inventaron los canallas privados de alegría de vivir. Después, uno se ata a nuevas cadenas donde fija su último domicilio, siempre al lado de la escogida, ella, la amada.

Camino a su hogar, noté que un nubarrón se anunciaba a lo alto de la colina de donde Tadhg y yo nos sentábamos protegidos del viento a discutir de lo humano y lo divino o bien, en una competencia de sonetos.  Una garrafa de cerámica a cada lado y deleitándonos con ese whisky que sólo él podía obtener, que era beber un sorbo como  para darse cuenta que, también, había perdido la cuenta de los años encerrado en una barrica, ganando con el tiempo, mientras nosotros descubríamos cada mañana un nuevo dolor en nuestra precoz vejez.

Cada dos años, en invierno, nos reuníamos en su casa familiar en la colina, a fin de admirar las tempestades con sus vientos implacables y esas olas capaces de destruir un roquerío y enviarnos un aire cargado de sal, gusto a algas y moluscos. Tadhg llegaba de Tierra Nueva, al norte de Canadá, luego de haber participado en su temporada pesquera en su barco que había perdido el color y hasta el nombre.

En el puerto descargaba las cajas con pescados conservados en sal gruesa y, además, novelas, cuentos, poemas inventados en su camastro de patrón, demasiado para transcribirlos.

Su obra era imaginaria, no obstante, auténtica.

“Este año tiré mis redes y tuve una buena pesca”, me decía, invitando al duelo de poemas.

Por mi lado, le afirmaba que también tuve una buena cosecha, en tierra firme, a sabiendas que mi lecho tenía capacidad para dos y no siempre para inventar una nueva  historia, salvo la que escribía con mis besos en la piel de mi pareja.

Durante nuestra reunión, nos relatábamos nuestras creaciones. Hubo veces en que algunas curiosas se sentaban al lado de la chimenea o de la estufa a carbón, para oír nuestras historias, envidiosas de no ser parte de las mismas y odiando a las hermosas que entre puerto y puerto, ciudad y ciudad, se entregaban tan fácilmente a los narradores.

Porque en cada novela, nadie nos privaba de incluir otros amores reales o ficticios.

El auditorio nos criticaba por flojera. ¿Por qué teniendo la capacidad de escribir mil y una novelas jamás tuvimos la intención de hacerlo?

“No tenemos tiempo, no tenemos tiempo”, afirmábamos sin tener la más mínima intención de justificarnos.

Es lo que su hermana nos criticaba y a mí,  de la misma manera, los míos: “¡No es justo, no es justo! Ustedes son unos egoístas y flojos de mierda”, gritaba en gaélico para que yo no entendiera sus insultos. Bastaba prestar atención al tono como para traducir el idioma de mis ancestros originarios de Galway en cualquier otro lenguaje.

Al día siguiente de mi llegada, cogíamos unas hojas de papel y cada uno en su dormitorio debía poner el título a cada una de las obras imaginadas. Al día siguiente, debíamos demostrarlo con una síntesis en tres minutos por obra, a fin de dejar el tiempo al otro y así llenar los días entre paseo, competencia de versos y de nuestras propias ilusiones, esperanzas.

Si alguien busca el nombre de Tadhg Mac Na Farraige en un libro, pierde su tiempo. La biblioteca Mac Na Farraige se fue con él en la colina donde tuvo su residencia entre los humanos, allá donde los valles no era tan verdes como uno se lo imaginaba, sino que la tierra escondida por piedras de todo tamaño, entregaban una miserable cosecha de papas que justificó la migración de la mayoría de los hombres hacia países menos pobres. O a la mar, como escogió Tadhg, buscando el bacalao.

No nos veamos la suerte entre gitanos. Para qué negar que la inmensa mayoría de los seres humanos ansían su cuarto de hora de fama. Miles y miles escriben libros y libros que terminan en estos países ricos en enormes bodegas que buldóceres  los apilan en montones como si fuesen el resultado de una bella cosecha: no es el caso. Esos miles títulos con portadas que invitaban al ojo a la lectura, volvían a lo que fueron; es decir, pasta de papel que, una vez reciclada, terminaría en cartón, papel higiénico u otros libros igualmente malos, escritos únicamente para la vanidad del autor.

No sé si sería porque me encantaba esas tardes con mi abuela Amalia; mi hermano y yo, sentados a sus pies mientras sus palillos bailaban en sus manos, nos contaba cuentos tradicionales o inventados en el instante mismo, para nuestro placer. Idéntica o similar placer sentí en tertulias en el campo fuese en el país que fuese, en lugares donde aún no llegaba la radio ni menos todavía la televisión, cuando narraba y los auditores intentaban oír a ese hombre con un acento tan extraño que no dejaba de fumar y beber, hablando, que los conducía a lugares que ni siquiera sospechaban que existían.

Tadhg y yo preferíamos oír al ser humano que narraba y no la lectura solitaria porque nos daba la impresión que eso sí que era real, no como quien quería podía escribir un libro y al fin terminar en la hoguera de los libros no vendidos.

Durante años me justifiqué que el verdadero poeta era el que vivía sus poemas. Asimismo, reinventando un país que había dejado de existir, pintar paisajes antes que se perdieran en el tiempo y el espacio de la mentirosa memoria, dibujando rostros que un día existieron y ya me habían abandonado, hasta terminar en pinturas totalmente no figurativas, que únicamente mis niños que nunca habían conocido el país de sus padres, decían: “¡Ah, ese un barco fantasma!” “Este otro, es el Trauco escondido en el bosque”, “La Viuda que se monta en el anca del caballo del abuelo” y en cada una de mis obras sabían, sí, que en la abstracción de su padre inventaba un nuevo país, pletórico de colores o de colores sumamente tristes, según el ánimo que me embargaba.

En cada cuadro, una historia.

Pero la literatura es otra cosa. Un pintor puede usar los colores que tiene su paleta; no así una jerigonza de idiomas que obligatoriamente has tenido que aprender para subsistir en el exilio.

La belleza de la literatura es el dominio del idioma. Un buen escritor, es quien posee al mismo tiempo el dominio del idioma y la imaginación. De ahí, que generalmente desde el segundo capítulo abandono la lectura insípida, como la que ejercen los especialistas en técnica literaria (esos se reúnen en “talleres literarios”), generalmente profesores de literatura y otros energúmenos que inunden las universidades del mundo y que, con una obrita minúscula –pero tan bien escrita-, se ganan la vida criticando a los verdaderos creadores. Novelas sin historia, vacíos de un mínimo genio, de esos que no sobrepasan  un mes en cartelera de las librerías.

La creación es la del lobo solitario, que aúlla a la luna, porque no logra atraparla.

No teníamos tiempo. Nos era urgente vivir, vivir para inventarnos nuestro propio mundo que nos sostenía tanto en la tierra como en la mar. ¿Mil libros, dice usted? Miles de miles, como cada noche sin dormir, mirando en ese mínimo cuadrado de vidrio que aspiraba ser un día ventana, observando en cincuenta o sesenta centímetros cuadrados el universo que te autorizaron a observar. O un ojo de buey en bronce lustrado que hasta parecía de oro, descubrir que en cada vaivén una estrella naufragaba en la mar-océano.

Tadhg y yo, por eso, nos entendíamos. Nuestra fraternidad era retransmitirnos el uno al otro nuestras historias y poemas jamás escritos y ya, -¡maldita cosa!- olvidadas para dejar espacio en el cerebro para nuevas creaciones.

No eran mucho en la aldea pero estaban ahí, en el barco que perdió su nombre y los colores.

Tadhg, en un sudario en la tela de una vela, estaba a estribor. Todos de negro, salvo yo, que heredé su viejo chaquetón de cuero y su casquete, me instalé en  su puesto del patrón de barco y me puse a hablar solo, a recitar poemas que no pudo oírlos, como éste, quizás mi último soneto:

El Pescador que escribió poemas
En las estelas del barco sin nombre
Se fue en la oscuridad del abismo
Ahí donde las estrellas están apagadas.

En el fondo de la mar sirenas enamoradas
Recogerán uno a uno sus versos
Y cantarán en coro lo que ningún humano
Podría escuchar si no vive en lo imaginario.

No  hubo otra  historia más hermosa
La que se escuchó en la tertulia
Mientras la abuela tejía nuestros sueños.

En tu barco navego hacia el mismo viaje
Donde nadie ni nada recordará
Que en  un día inventamos todo un universo.

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