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31 de enero de 2014
Miguel Tapia
Jorge Sagredo y Carlos Topp CollinsJorge Sagredo y Carlos Topp Collins, declarados como los únicos psicópatas, autores de diez homicidios y seis violaciones.

Mis recuerdos del Caso Psicópatas (I)

Miguel Tapia González / Director de ZonaImpacto.cl

A mediados de 1985, mi amigo relojero y joyero Carlos Rodríguez me mostró un trocito de plomo con forma de bala, grabado por él con las iniciales J.S.P., y un agujero por el que pasaba una cadenita de plata. Era para usarla como amuleto al cuello, por una persona que rescató la bala desde uno de los sacos llenos de arena que habían puesto justamente para contener los proyectiles con los que fusilaron a Jorge Sagredo Pizarro (“J.S.P.”) y Carlos Alberto Topp Collins en la madrugada del 5 de febrero de 1985, procedimiento del cual fui testigo presencial.

En esa época, trabajaba como reportero del diario El Observador, que cubría las entonces siete comunas de la Provincia de Quillota (incluía Limache y Olmué), simultáneamente con mis funciones como corresponsal de El Mercurio de Valparaíso en Villa Alemana (incluye Peñablanca).

El caso ha sido reflotado en los últimos meses por una teleserie que es una recreación de lo sucedido, pero de ninguna manera un reportaje sobre lo sucedido en aquellos aciagos días de los años 1980 y 1981, cuando los crímenes y violaciones se sucedían bajo un mismo patrón en Viña del Mar y Alrededores.

“Cabeza de Trébol”

Cuando en la Corte de Apelaciones de Valparaíso se recién investigaba a dos carabineros como autores de los crímenes, llegó a verme a mi oficina de Villa Alemana un modesto matrimonio, que se identificó como padres de la Niña Cabeza de Trébol, como bautizó el diario La Estrella a una bebé que había nacido con una malformación craneana conocida como Craniosinostosis. La tierna bebé, entonces de poco más de un año, tenía su cabeza brutalmente deformada, con protuberancias redondeadas y proporcionalmente enormes.

Sus padres me contaron que cuando la mamá tenía unos seis meses de embarazo, caminaban por calle Limache, en Viña del Mar, y fueron asaltados por dos sujetos que al no encontrarles dinero ni bienes de valor (él era cuidador de una planta de la entonces estatal Dirección de Obras Sanitarias en la parte alta de Valparaíso) se conformaron con agredir a patadas a la mujer. Fue el origen de la malformación de la pequeña que nació dos meses después.

Con el objetivo de ayudarles, logré que mi amigo abogado Rolando Contreras Asenjo se hiciera parte en las querellas contra los psicópatas de Viña y tuviera acceso al expediente del caso.

Algo del expediente

Tengo entendido que tiempo después, Contreras logró una indemnización para la familia de la Niña Cabeza de Trébol.

Pero también me comentó algo del contenido de expediente de la Causa que en esa época llevaba la ministra Dinorah Camerati y que ya había centrado su investigación sólo sobre los carabineros Jorge Sagredo y Carlos Topp Collins. El abogado Contreras me relató que entre las miles de fijas que ya contenía el expediente, le asombró ver una fotografía de Sagredo sentado en un local nocturno, abrazado con Luis Gubler Díaz, primer inculpado y sobre quien pesaba una pesada batería de pruebas.

Gubler era hijo del dueño de la Sudamericana de Vapores, dueña de barcos como el Lebu y Maipo, utilizadas como campos de concentración y tortura después del 11 de septiembre de 1973, en los primeros meses de la dictadura de Pinochet. Gubler hijo –según se supo después- fue activo miembro de Patria y Libertad, la organización que combatió al Gobierno de Allende, y poseía una cadena de empresas en tres países sudamericanos donde daba empleo a chilenos refugiados o exiliados, de quienes obtenía información sobre la Resistencia en el exterior.

A pesar de todas las pruebas obtenidas por el equipo especial de Investigaciones comandado por el inspector Nelson Lillo, posteriormente muy denostado, la justicia estableció que los únicos participantes en los crímenes eran Sagredo y Topp Collins, quienes fueron fusilados en Quillota a comienzos de 1985. Como quien saca un conejo del sombrero de un mago, la ministra Camerati descartó absolutamente la participación de Gubler, dejando muchas interrogantes sin responder.

Los crímenes

El país entero se estremecía con los crímenes de los psicópatas. Todos éramos sospechosos. Incluso la entonces jueza de Quillota Mónica González se asustó cuando me llevaba en su auto de Quillota a Villa Alemana y le declaré que el psicópata era yo.

Pero la historia policial del país no olvidará los brutales crímenes de este “Club del Crimen”, como lo calificó el recordado escritor y poeta Alfonso Alcalde:

  • Asesinato de Enrique Gajardo Casales, el 5 de agosto de 1980 en el Camino el Olivar (Crimen Camino El Olivar),
  • Asesinato de Alfredo Sánchez Muñoz, el 12 de noviembre de 1980 en el sector del Estadio Sausalito (Crimen Sausalito), oportunidad en que igualmente violaron a su acompañante Fernanda Bohle Basso,
  • Asesinato de Fernando Lagunas Alfaro y Delia González Apablaza, el 28 de febrero de 1981, en el Estero Marga Marga (Crimen Marga Marga), Fernando era hermano de un querido periodista, militante socialista y reiteradamente presidente regional del Colegio de la orden, Manuel Lagunas, hoy también fallecido.
  • Asesinato de el Taxista Luis Morales Álvarez, y posteriormente de Jorge Inostroza Letelier, el 26 de mayo de 1981 en Reñaca Alto (Crimen Reñaca Alto), oportunidad en que violaron a su acompañante Margarita Santibáñez,
  • Asesinato de el taxista Raúl Aedo León y posteriormente de Oscar Noguera Inostroza, el 28 de julio de 1981, en la Cuesta El Pangal (Crimen Cuesta el Pangal), oportunidad en que violaron a su acompañante Ana María Riveros Contreras,
  • Asesinato de Jaime Ventura Córdova y Rosana Venegas Reyes, el 1 de Noviembre de 1981, bajo el Puente Capuchinos (Crimen Puente Capuchinos),

Crimen en Peñablanca

Fue en julio de 1981 cuando los psicópatas asesinaron al joven empleado bancario Oscar Noguera en la Cuesta El Pangal, casi en el límite mismo de Limache y Villa Alemana (Peñablanca).

Por mis dos empleos me involucré de inmediato junto al entonces reportero gráfico de El Mercurio Fernando Vera.

Recorrimos el Camino San Alfonso de Limache, donde la dueña y conductora del auto en el que la víctima viajaba desde Valparaíso, Ana María Riveros, había escapado después de haber sido violada por los criminales. Conversamos con lugareños que la auxiliaron en los primeros momentos de terror. Vimos el automóvil de la mujer que fue abandonado en Valparaíso, cerca del Cuartel de Investigaciones.

En un comienzo, Ana maría dio varias entrevistas a los medios. Fue una de quienes reconoció a Luis Gubler como su agresor durante la prueba en que hicieron al sospechoso manejar, con ella como copiloto, el mismo auto en que fue secuestrada después del homicidio de su acompañante. Dijo haber reconocido la forma de tomar el volante, de girarlo, de bajar el vidrio de la ventanilla, de hacer los cambios. Más tarde se repitió la prueba con Sagredo, sin resultados.

La mujer –entonces de poco más de 30 años– reclamó mucho cuando dejaron a Gubler libre de toda acusación. Después calló y desapareció. Meses después, mi reportero gráfico fue a su domicilio y una señora le respondió algo sorprendente: “Está en su fundo, en el sur”.

Dos payasitos…

Otro detalle que observamos sigue siendo un secreto para el reportero Vera y yo. Cuando la Brigada de Nelson Lillo detuvo a Luis Gubler Díaz, fijó su cuartel en el recinto de Investigaciones de Limache, donde centró todas sus diligencias.

Una de las tardes que permanecimos en guardia con mi amigo Vera, vimos ingresar un vehículo policial con una niña y un niño de unos 11 años, disfrazados de payasos. Un par de horas, salió el mismo vehículo con los niños y regresó sin ellos.

Un par de años después, en Villa Alemana, mi “socio” Vera encontró un circo pobre en el Paradero 8 de Villa Alemana. Algo le “tincó” y consultó al dueño, quien reconoció que fueron sus dos hijitos quienes se prestaron para la representación. Le explicó: “Nos pidieron ayuda, los vestimos con sus ropas de payasos, los llevaron y les tomaron hartas fotos con Luis Gubler; nunca supimos para qué”. Nosotros tampoco.

Más tarde, llegamos incluso hasta la parcela de Gubler en Olmué y fotografiamos las colecciones de armas que exhibía en el salón. Más tarde, el lugar fue ocupado por el alcalde de esa comuna designado por Pinochet, Jorge Thompson Garrote, coronel (R) de Carabineros que había sido miembro de los organismos de represión de la dictadura y fue suegro ocasional de Gubler. Este último, una vez dejado libre, se fue al extranjero y murió de cáncer en abril de 2005, en Chile.

Extraño prisionero

Descartada por la justicia la participación de Gubler en los crímenes, se mantuvo en la Región un clima de turbulenta desconfianza.

Todos hablaban del Club del Crimen de Viña del Mar a partir de las declaraciones de Sagredo de que él y Topp Collins eran sólo ejecutores, pues habían importantes personalidades viñamarina que actuaban como cerebros articuladores y “mirones” en cada caso, asegurando que incluso les pagaban 50 mil pesos por cada uno.

Se daban muchos nombres, incluyendo los de hijos del prestigioso cirujano Jorge Kaplán, de nun empresario de apellido Andraca y de un hermano del dictador, Arturo Pinochet.

En ese ambiente, un día recibí en mi oficina de El Observador el llamado de un individuo que se identificó como preso de la Cárcel de Quillota, que cumplía prisión nocturna, quien deseaba confesarme algo.

Nos juntamos en torno a un par de cervezas en el restorán “El Negro Bueno” donde visiblemente agitado y en forma balbuceante, me contó que se hallaba encarcelado un tipo que se identificaba como Adrián González, quien decía cumplir prisión por porte de arma. Pero cada anochecer llegaba hasta el recinto penitenciario un lujoso automóvil –no siempre el mismo- que lo llevaba y lo devolvía a la mañana siguiente. “Llegaba con trago y cigarrillos, whisky de la mejor marca y cigarrillos caros que repartía entre todos los reclusos”, relató mi entrevistado. También me contó que el curioso prisionero les relataba “con lujo de detalles” cada uno de los crímenes y violaciones de los psicópatas… Y que les aseguró que era hijo del hermano del dictador, Arturo Pinochet, por esos tiempos concesionario de la discoteca de la playa viñamarina Caleta  Abarca.

Todos los datos los puse a disposición de la entonces presidenta regional de la Comisión de Derechos Humanos, abogada Laura Soto, quien más tarde fue diputada PPD. Sus indagaciones, sin embargo, se limitaron a confirmar que efectivamente en la cárcel quillotana había un recluso de nombre Adrián González y que estaba por porte ilegal de armas. Nada más.

Nunca se sabrá

Hay muchos otros antecedentes almacenados en mi memoria, que algún día iré develando.

Asistí al doble fusilamiento como único reportero de la zona; publiqué detalles en la edición especial que esa misma mañana del 5 de febrero de 1985 publicó El Observador y proseguí el relato en ediciones posteriores.

Sobre ese hecho y otros datos que aflorarán de mi memoria remota, entregaré más antecedentes en la próxima edición de ZonaImpacto.cl. Hasta entonces.

Director responsable: Miguel Tapia González [director(a)zonaimpacto.cl] · Webmaster : Javier Tapia Donoso