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31 de enero de 2014
Corte de La HayaEmpolvados y decimonónicos jueces de La Haya quitaron a Chile 20 mil kilómetros cuadrados de Mar Territorial.
Diario La NaciónVendieron el edificio, los archivos, el diario… ¡todo!

Mar territorial y Diario La Nación: dos pérdidas del patrimonio nacional en un mismo día

¿Serán siempre más importantes los intereses economicistas que los valores patrimoniales de una Nación?

Para el Gobierno de Sebastián Piñera, la respuesta llegó en forma brutal el mismo lunes 27 de enero de 2014. Esa jornada, el Gobierno sufrió el traspié de que la Corte Internacional de Justicia (CIJ) en La Haya, transfirió más de 20 mil kilómetros cuadrados de territorio marítimo que hasta entonces era chileno, al dominio de Perú.

…Y el mismo día, el Gobierno de Piñera terminó de deshacerse del Diario La Nación, proceso que había anunciado como candidato, pero como Presidente había comprometido no concretar.

Ambas situaciones demuestran lo alejado que está el concepto de Patrimonio Nacional para la derecha política y económica, de lo que concebimos quienes no nos regimos exclusivamente por el economicismo.

Señales erróneas 

La conquista peruana de más de 20 mil kilómetros cuadrados de espacio oceánico que hasta el lunes 27 era Mar Territorial chileno, no fue sorpresa para los seguidores de la demanda interpuesta por Perú contra nuestro país ante el Tribunal Internacional de La Haya.

No lo fue porque consideramos desde un comienzo que Perú –a diferencia de nuestro país— fue construyendo por décadas un conflicto inexistente. Y cuando cuestionó los límites marítimos, podía no ganar nada, pero jamás perder algo. En cambio nuestro país, podía esperar sólo dos opciones: que todo siga igual o que perdamos, con claras posibilidades de la segunda opción.

No obstante, en todo juicio resultan indispensables las acciones y las señales. Como acciones, necesitábamos que tanto el agente como los juristas que defendieron a Chile actuaran como efectivamente lo hicieron. Pero las señales que dio Piñera fueron desastrosas.

Cuando Perú interpuso su demanda –durante el gobierno peruano de Alan García y el chileno de Michelle Bachelet-, nuestra Mandataria de inmediato entregó una potente señal: “Se trata de un gesto inamistoso de Perú”, expresó, entregando un evidente  gesto diplomático de malestar y rechazo.

Pero vino el Gobierno derechista y las señales cambiaron diametralmente cuando Piñera estableció la política de “las dos cuerdas” con Perú. Esto significó que Chile dejó correr el proceso de La Haya por un cauce y por el otro fortaleció las señales amistosas con Perú, con el objetivo fundamental de mantener y ampliar sin límites los negocios de las grandes empresas chilenas en el país del norte.

Así, mientras en Holanda se trabajaba para despojar e Chile de parte de su territorio marítimo, grandes empresas como Falabella, Ripley, Cencosud y Lan aumentaban jugosamente sus negocios en territorio de nuestros vecinos norteños.

A tanto llegó este ejercicio, que todas estas compañías, cuyo negocio no es vender sino dar créditos, aumentaron desenfrenadamente sus utilidades, que procedieron en más del 509 por ciento desde Perú, donde crecieron sostenidamente su cantidad de sucursales y establecieron sus bancos y financieras.

La potente señal que esta realidad entregó a los empolvados jueces del decimonónico tribunal de La Haya fue evidente: a Chile no le interesa su Mar Territorial. Y como es sabido que esos magistrados suelen fallar –como lo hizo en el conflicto entre Colombia y Nicaragua- de manera “salomónica”, intentando quitar un poco a los dos litigantes y dejar contentos a ambos, finalmente nos restó más de 20 mil kilómetros cuadrados de nuestro territorio oceánico. Además, dejó sin resolver el famoso “triángulo territorial”, pequeño espacio terrestre que no fue definido y del cual Perú ya se siente propietario.

No vamos a detallar aquí los aspectos técnicos del fallo de La Haya, porque la información abunda en portales y medios tradicionales.

Sólo diremos que perdimos un área marítima más grande que la Región Metropolitana, con abundantes recursos pesqueros –no tantos como los que conservamos en las 80 millas marinas que no nos quitaron- pero cuyas riquezas profundas aún desconocemos.

La Nación

Cuando la atención nacional estaba fija en el fallo de la Justicia Internacional, el Gobierno chileno terminó por vender el viejo diario estatal La Nación.

Durante su campaña electoral, Piñera había advertido su intención personal de enajenarlo, para que el Estado se quede sin ningún medio público escrito, consagrando la exclusividad para las empresas del Clan Edwards (El Mercurio, LUN y muchísimos más) y de COPESA (La Tercera, La Cuarta y muchísimos más, también).

El Gobierno derechista –que no cree en el pluralismo informativo ni en los valores patrimoniales- primero vendió el viejo edificio, de indudable valor arquitectónico y cultural y después suspendió la edición impresa, en papel, del matutino, reduciéndolo apenas a un portal de Internet al que, como todos sabemos, no tiene acceso toda la población.

Se puede entender que el economicismo derechista haya considerado que el medio no se autofinanciaba, que servía a los gobiernos de turno y hasta que era malo. Pero todo eso pudo mejorarse. Un nuevo director, nueva línea editorial, orientación distinta y mejor comercialización.

Pero no: La cerrazón financista hizo olvidar las palabras del propio Piñera, cuando el 2 de septiembre de 2009 declaró que “La Nación va a ser un diario pluralista, respetuoso, y va a tener un estatuto parecido y semejante al de TVN”.

Tampoco respetaron el tremendo patrimonio histórico que representaban los 97 años de historia nacional relatada periodísticamente en las ediciones del diario fundado por Eliodoro Yáñez, lo que constituía una riqueza intelectual incalculable. Le vendieron todo el archivo documental de casi un siglo, al parecer a precio de huevo, a la privada Universidad Diego Portales, que puede ser muy respetable, pero es privada y no de todos los chilenos.

Todo este homicidio programado de tan  importante eslabón del periodismo chileno culminó justamente el lunes 27 de enero de 2014, cuando el Gobierno vendió por la friolera de 320 millones e pesos la marca y lo que quedaba de La Nación.

Previamente, en dictadura pinochetista, se había convertido la propiedad de La Nación –que era estatal desde que la expropió la dictadura de Ibáñez- en una sociedad anónima, con participación de privados. Al momento de su extremaunción, presidía esa sociedad, un gran aliado de Piñera, Daniel Platovsky, ex dirigente de Renovación Nacional, que renunció a esa colectividad para el el futuro sumarse a la campaña de Piñera 2017. Es un vaticinio por el cual nos jugamos, y que queda registrado para el futuro…

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