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17 de diciembre de 2013
Vocales ociosos

Abstinencia y abstención

Miguel Tapia G., Periodista, Director de ZonaImpacto.cl

No me gustan la abstinencia ni la abstención, sustantivos ambos derivados del verbo abstenerse, que significa privarse de alguna cosa.

La abstinencia es cruel, porque consiste en “una renuncia voluntaria de complacer un deseo o un apetito de ciertas actividades corporales que se experimentan extensamente como placenteras”.

Privarme de algún placer corporal representa una atrocidad contra mi naturaleza, de tal modo que voluntariamente no lo haré jamás (aunque alguna vez, en grave estado de salud, he tenido que suspender consumos de alcohol y tabaco, pero ya no).

La abstención, en tanto, se refiere solamente a votaciones. Veamos la definición de Wikipedia: “Abstención, en ciencia política, es el acto por el cual un potencial votante en unas elecciones decide no ejercer su derecho al voto, ya sea en unas elecciones generales o si, en un procedimiento parlamentario, el representante está presente en la votación pero no vota”.

Hoy la abstención se puso de moda. Quienes se sienten molestos –y hasta lesionados en su orgullo- por el contundente triunfo de la Presidenta Bachelet, con más del 62 por ciento de los sufragios en Segunda Vuelta, prefieren centrar su atención en la baja concurrencia a las urnas: sólo el 41,95 por ciento de los 13 millones 573 mil 143 inscritos automáticamente en los registros electorales.

Nunca tanto

Los detractores de Bachelet, que anhelan restar validez a su holgado triunfo, dicen que aparte del 62 por ciento de los votos válidos o efectivos, obtuvo “apenas” el 25,55 por ciento del universo electoral superior a los 13,5 millones de ciudadanos. En todo caso, ese porcentaje crecería –aunque sea levemente- si terminamos de depurar el padrón, porque todos sabemos que todavía quedan miles de personas muertas o que registran edades de hasta 140 años.

Pero a quienes se escandalizan de estas cifras, les recuerdo que el 17 de enero de 2010, cuando se realizó la segunda vuelta entre Frei Ruiz Tagle y Piñera Echenique, el universo de potenciales electores –es decir, chilenos con 18 años o más- era de 12 millones 180 mil 403 personas (Compendio Estadístico INE 2010) y el actual Presidente logró 3 millones 591 mil 182 votos, que representaron el 51,61% de los sufragios válidamente emitidos, pero sólo el 29,48 por ciento del universo electoral si hubiese existido inscripción automática.

La diferencia del apoyo ciudadano entre una elección y otra, entonces, es del 3,93 por ciento. ¿Claro…?

Entonces, restarle validez a este proceso por la elevada abstención resulta aberrante y sólo puede ser argumento de bajezas políticas.

¿Por qué no votaron?

Ese domingo y en los días posteriores obtuvimos muchas respuestas a la pregunta sobre por qué no fueron a votar.

De partida, se suponía que el 28,24 por ciento de los electores que en noviembre votaron por los siete candidatos que quedaron fuera (Parisi, Claude, Israel, Enríquez-Ominami, Miranda, Sfeir y Jocelyn-Holt) no sufragaría en la Segunda Vuelta. Si no lo hubieran hecho, la abstención del domingo 15 habría llegado no al 58,04, sino al ¡78,89 por ciento!, que es la suma del 50,65% de abstención en la primera vuelta más los electores de los que no llegaron a la Segunda. La abstención real del domingo 15, de 58,04 por ciento, significa que sólo el 8 por ciento de los que votaron por los siete candidatos se restaron en la Segunda.

La mencionada como una de las principales razones de la ausencia de electores, queda parcialmente descartada.

¿Por qué no votaron?, preguntamos. Muchos nos respondieron que consideraban que daba lo mismo una y otra candidata, lo que indica una tremenda ignorancia o falta de información. Pero eso es lo que sobra hoy en nuestra sociedad: falta de información.

Otros adujeron que “la política es sucia”, que “los políticos son unos pillos”, razones que venimos escuchando desde la dictadura y que han sido sobreexplotadas por la prensa ligera.

Hay quienes alegan que el local donde les corresponde votar queda muy lejos de su domicilio, que no gastarían en pasajes para sufragar o que les han cambiado reiteradamente en los últimos tiempos su sede electoral.

Una mínima parte se manifiesta contra el sistema. Pero abundaron quienes confesaron haber preferido hacer las compras navideñas (estadísticamente, gran parte de la población dedica a eso el penúltimo domingo antes de Nochebuena); otros –en menor proporción- reconocieron haber aprovechado de descansar, estar con la familia o salir a pasear porque no se sintieron motivados.

Ciudadanos activos

Con ese grado de indiferencia o rechazo al acto eleccionario, llega hasta a parecer magnífico que casi 5,7 millones de chilenos se hayan movilizado hasta las urnas validando con entusiasmo su apoyo a Bachelet, concediéndole más del 62 por ciento de respaldo.

Se ha comentado demasiado que son los adultos mayores los más entusiastas en concurrir a las urnas. Es cierto, pero no lo es menos que una cantidad creciente de jóvenes también lo hizo; al menos más que en la elección de Piñera y algo más que el 17 de noviembre.

Hay ciudadanos interesados en el futuro del país y cruzan todo el espectro ciudadano. Cometen torpeza e injusticia quienes emiten juicios absolutistas, como “los jóvenes desprecian la política” o “sólo los viejos votan”.

Fracasé en mi visión

Pero es evidente que una renuncia tan alta a ejercer el derecho y el deber de votar es extremadamente preocupante.

Debo reconocer, también, que fracasó la teoría con la que fundamenté con entusiasmo el voto voluntario.

Mi argumento fue que la voluntariedad del sufragio obligaría a nuestros políticos a mejorar su oferta programática, presentando proyectos para todos los sectores de la sociedad a los que debía “seducir” si quería obtener votos. Pretendí que los candidatos a los cargos de elección popular volcarían sus propuestas hacia los jóvenes, a las mamás, a los trabajadores, a los gremialistas, a los adultos mayores, a los profesionales… Imaginé que cambiarían la competencia limitada a letreros y gigantografías con sus imágenes impecables y un deslucido eslogan por propuestas concretas, más debates, mucho diálogo y planteamientos políticos sólidos.

Me equivoqué medio a medio.

Ninguno… ¡Ni uno sólo de los candidatos al Parlamento y los Consejos Regionales satisfizo ni remotamente mis expectativas!

Reconozco mi fracaso. Las campañas de 2013 fueron igual de vacías y se basaron en el puro marketing comercial, tal como antes. O yo estuve muy desubicado o ellos no entendieron nada…

Pero lo concreto es que el asunto definitivamente no funcionó.

Más allá de nuestras fronteras

La resistencia a concurrir a los locales de votación creció, pero el asunto no es tan dramático como parece.

Hay países donde la abstención también es considerable. En Colombia, por ejemplo, los ciudadanos que votaron en la Segunda Vuelta presidencial de 2010 llegaron al 44,5% y en la legislativa del mismo año, apenas el 34,6%.

En las elecciones regionales de Nicaragua, el 2010, votó solamente el 30 por ciento de los habilitados; en las municipales del mismo año en Paraguay sólo el 46 por ciento llegó a los centros de votación; y en las últimas legislativas de Brasil, el nivel de electorado se situó en el 44,5%.

En Suiza, la tasa de participación llegó sólo al 48% en las elecciones federales de 2007 y en Francia, el 59% participó en las elecciones legislativas del mismo año. En España, la abstención llegó al 32 por ciento en las elecciones generales de 2011.

Niveles altos de abstención ofrecen dos países de sólida tradición democrática como Estados Unidos –alcanzando el 51,2% en las presidenciales de 1996 y el 51,8% en las legislativas de 1988–, Suiza –con un 51,9% en 1979 y un 57,8% en 1995– y Japón, con un 41% en 1996 (datos del Instituto Interamericano de Derechos Humanos, www.iidh.ed.cr).

Mal de muchos, consuelo de tontos, me dirán. Pero yo no busco consuelo; sólo quiero comprender el fenómeno y todo indica que el abstencionismo es una tendencia que trasciende mucho más allá de nuestros tiempos y nuestras fronteras.

¿Qué hacer…?

Por supuesto, no tengo la fórmula mágica. Sólo quiero recordar que en nuestra democracia previa al golpe cívico-militar –según recuerdo- la inscripción era voluntaria y el voto, obligatorio. Pero estar inscrito en los Registros Electorales era condición para muchos trámites. De partida, nadie podía ingresar al servicio público si no estaba registrado como elector. Tampoco hacer trámites en las municipalidades, ni en Impuestos Internos o en las cajas de previsión.

Creo que debiéramos avanzar derribando algunos obstáculos, como la lejanía del local o el gasto en transportarse. Tal vez debiéramos abrir un registro para que durante los tres años que vienen sin elecciones, los ciudadanos sugieran dónde les quedaría más cómodo y cerca. O que se asegure locomoción frecuente y gratuita en días electorales.

El alcalde de La Calera, Eduardo Martínez, plantea que el Estado debiera generar incentivos o beneficios para quienes voten en dos o tres elecciones consecutivas. Podrían favorecerlos –por ejemplo- con reducción de impuestos, descuentos en derechos de aseo o reducción del monto de las patentes comerciales o profesionales.

Todos quienes opinaron en mis conversaciones de los dos últimos días, eso sí, rechazaron categóricamente hacer el voto obligatorio con inscripción automática, porque sería como ponerle una camisa de fuerza al electorado. Más bien, proponen incentivar la responsabilidad ciudadana y motivar al electorado.

Lo que queda claro es que algo hay que hacer. ¿Funcionarán, por fin, la imaginación y la creatividad de nuestros políticos?

Permítanme ponerlo en duda.

Director responsable: Miguel Tapia González [director(a)zonaimpacto.cl] · Webmaster : Javier Tapia Donoso