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17 de diciembre de 2013
Gabriel Morales Wilson

El columpio de los dioses

El cuento de navidad. Por Gabriel Morales Wilson

Un día, el cielo se puso tan negro que en la Tierra, los hombres se olvidaron que hubo estrellas que brillaban en el firmamento. Los océanos hacían olas tan inmensas que desaparecían las islas o ciudades al borde de las playas; los pescadores ni siquiera intentaban salir a la mar a sabiendas que solamente sus redes atraparían únicamente basuras, incluso olvidaron hasta el olor mismo de los peces.

Como el sol no lograba traspasar las nubes, las flores desaparecían, las semillas morían antes de brotar, los bosques habían desaparecido… Entonces dejó de llover y los campesinos no lograban ni siquiera regar con sus lágrimas lo que habían planteado para alimentar a sus hijos.

El aire tan denso, pero tan denso, que la gente chocaba unos con otros y ya ni siquiera pedían disculpas, ignorando con qué o con quién había encontrado en su paso. A veces, era tan densa que no sabían si era de día o de noche, a tal punto convencidos de querer entrar a su domicilio pero no, preferían quedarse ahí mismo y dormir sin saber si era su esposa con la quien compartían el lecho o un hombre que, luego de equivocarse de hoyo ni siquiera pedía disculpas, cosa que hasta el conejo más educado las hubiese dado.

En la Tierra, la vida desaparecía como si no tuviese importancia. El Hombre se acostumbró, además, a vivir como antes, cuando el sol iluminaba alegremente a quienes alcanzaron a conocer los bosques, las flores, los pajaritos juguetones que hacían sonreír de felicidad a los niños.

Peor aún, como se acostumbraron a la oscuridad, a no ver más lejos que su propia nariz, se olvidaron quienes eran ellos mismos. Solamente sabían que debían levantarse (el agua era tan sucia que no valía la pena lavarse), vestirse con unos trapos hediondos e ir a producir mercaderías. ¿Cuáles? Nunca supieron qué fabricaban, simplemente bajaban la cabeza y cumplían su tarea en silencio, porque con quién podrían conversar cuando no veía a nadie, salvo sentía al hombre que pasaba detrás y decía:

“¡Qué pasa aquí! ¡Trabaja más rápido y ustedes otros también, flojos de porquería!” Entonces descubrían que además había obreros o empleados en cercanía. ¿A un metro, a dos? ¡Imposible calcular la distancia!

Todo por un plato de comida al día. Algo que no tenía gusto, que podías estar comiendo papel y ni siquiera lograrías saber si era blanco o de color.

Fue la época en que en la Tierra los seres humanos perdieron hasta el nombre:

¿Cómo te llamas? “Me llamo Nadie”, respondían. Algunos eran muy respetuosos y te decían señor “Don Nadie”, pero eran muy raro encontrar una sombra que pase por tu lado y que lo fuese.

-- ¿Usted, Nadie es del tercer piso o del cuarto?- preguntaba el Controlador de seres todavía vivos.

-- No señor Don Nadie, no sé donde vivo…

-- ¿Pero cómo es posible que no lo sepas? ¿Entonces, dónde duermes?

-- Ahí -- mostrando con el brazo hacia cualquier parte.

-- ¡Ah, bien! ¿Te costaba mucho indicar dónde?-- lo recriminaba.

La verdad es que el Controlador Don Nadie tampoco él sabía en qué preciso lugar vivía.

También desapareció el uso de pasaporte o de carnet de identidad, porque los seres humanos como no eran “nadie”, no valía la pena identificarlos.

Los países dejaron de existir. La gente no necesita saberlo, porque persona ya no hablaba –repetimos- , con “nadie”. ¿En qué idioma comunicar si no conocían en qué lugar se encontraban?

¿A quién le importaba? Ellos mismos participaron en destruir los bosques, contaminar los océanos, matarse unos a los otros, transformar el agua en un líquido nauseabundo en el cual flotaban los mojones y los animales muertos de sed, de tal modo que en lugar de nadar tú caminabas sobre el agua, con el objetivo de darle aún más poder a los dioses.

La gran moda era de beber su propia orina. Era preferible.

En cambio,

Arriba,

Sobre las nubes negras,

El sol brillaba para los nuevos dioses.

Era un paraíso al cual bautizaron como “El Columpio”.

Las nubes poseían dos lados, como las monedas: una de cara y otra de pila. En la primera, las nubes eran blanquísimas, donde los dioses gozaban de pasar de una en otra balanceándose en su columpio de oro, para ir de fiesta en fiesta y contar cuánto ganaron durante el día, la semana, el año entero.

Por el otro lado era negro, para los comunes. De tal manera no lograrían descubrir de qué manera vivían quienes decidieron que un hombre que camina con la cabeza gacha, ni siquiera merecía ser considerado un ser humano. Era una parte de una máquina destinada a producir y nada más. Producir lo mejor para los que están en el Columpio y lo que sobraba, especialmente la basura, dejarla para los miserables que ya no eran nadie, solamente esclavos a cambio de un plato por día y sentarse frente a un espejo a fin de creer que veía a otro ser humano.

Imágenes sin consistencia, salvo una propaganda permanente para convencerles que la Tierra era así, que en un mal negocio perdió el sol y las estrellas.

Arriba, el dios Banco, contaba los millones producidos por la miseria.

Sobre el dios Banco, el dios de Las Castas, recibía su parte y regresaba a su sillón de Elegido entre los dioses, dispuesto a continuar, a engordar y reírse de la buena vida.

Aún más arriba, el dios Oligarca, que dirigía a los dioses Corrupción, Contaminación, Atómico, Negociante en Riquezas Naturales (que desaparecieron salvo en las Bolsas de Comercio), el Fabricante de Armas (vestido de gorila), las diosas Miseria y Pestes de Todo Tipo, cuya tarea fundamental era columpiarse y tirar sus males sobre los de Abajo, los Nadie.

Ah! ¡Qué maravilla el Columpio! Entre balance y balance, continuar con destruir la Tierra, porque ellos se sentían protegidos por estar arriba y no como los de abajo.

Hasta que un día…

“Nadie” llegó al otro lado de las nubes y descubrió que no era verdad que el sol y las estrellas habían desaparecido por un mal negocio. Vio que el Cosmos era una maravilla, que el aire limpiaba incluso las penas del alma, que un poquito de luz les daría tanta alegría a los niños enfermos, que soñaba con llevarles un poquito de tal maravilla. Descubrió que el día era día y la noche era noche; que ahí todos llevaban un nombre, que en el Columpio no eran dioses a quienes obligaban honrar; simplemente glotones de huesos y muchas grasas.

“Nadie” se dijo que durante toda su miserable vida le habían robado la Belleza, la Esperanza y los Sueños. Se puso tan furioso, pero tan furioso, que empujó al Glotón Oligarca y se subió al Columpio de Oro con una lámpara en la cual robó un poco de la luz del sol y se dio un impulso tan gigantesco que llegó al confín del Cosmos y con la luz que había escogido en el supuesto paraíso de los dioses, encendió una estrella apagada.

La estrella iluminó de tal manera, que logró disipar las nubes negras y cuando en la Tierra descubrieron por primera vez un lucero de la noche, que al fin se conocían unos a otros, que juntos limpiarían la suciedad que inundaba la Tierra, plantar árboles y flores, poner semillas para alimentar los niños, recoger en sus redes tanta polución y rogar que un buen día regresarían los peces, en el cielo las aves y entonces escuchar los trinos hasta donde hubo antes solamente un desierto.

Con el primer lucero, regresó a la Tierra la Belleza, la Esperanza y los Sueños.

Esa noche, en un modesto hogar, nació una niña que más tarde tuvo un nombre: “Libertad”.

Diciembre de 2013


GABRIEL MORALES WILSON es periodista, escritor, poeta y pintor chileno radicado en Francia desde 1973. Autor de “Crónicas desde el país de Ys”, libro editado en Suecia que recopila algunas de sus artículos publicados en la primera etapa de ZonaImpacto.cl, medio para el cual por largo tiempo además escribió sus celebradas narraciones sobre “Cocina para machos”. Es un estrecho y muy apreciado colaborador y amigo de este medio digital.

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