224
17 de diciembre de 2013
Escupitajo contra PiñeraUna mujer de 29 años escupió al Presidente Piñera: parte de una peligrosa espiral%u2026

Atentados contra autoridades: el grave peligro social de perdernos el respeto

Por Miguel Tapia González / Periodista

Faltarle el respeto a otra persona es señal de soberbia sin límites. Faltárselo a una autoridad o personaje destacado, es mucho más grave, porque significa que la soberbia es tan grande que se puede también violentar a cualquier otra persona o conjunto de personas. Quien puede lo más, puede lo menos.

Las reflexiones iniciales tienen que ver con los peligrosos casos de agresión registrados en Chile. Que denotan una crisis o enfermedad social que habrá que atender.

Agresiones

El viernes 6 de diciembre, cuando el Presidente Piñera concurría al velatorio del padre Alfonso Baeza, ex Vicario de la Pastoral Obrera, fue interceptado por una mujer de 29 años que sorteando la guardia presidencial, se abalanzó sobre el Mandatario y le lanzó un escupitajo.

La mujer fue detenida y puesta a disposición del tribunal que, al día siguiente, la dejó en libertad sin medida precautoria alguna por haber incurrido sólo en una “falta leve”.

El sábado 7, fue el ex senador, ex Ministro y ahora Senador Electo Andrés Allamand quien fue agredido con un “tomatazo” en pleno rostro cuando participaba en una actividad de la campaña de Evelyn Matthei. El agresor –un joven que fue captado por cámaras de seguridad y de TV- no había sido detenido al despachar esta nota, pero se esperaba que igualmente quedaría en libertad porque al no producir lesiones, estos atentados son calificados sólo como falta, no delito.

Peligrosa frecuencia

Lo peligroso es que este tipo de hechos se están repitiendo con mayor frecuencia de lo que se podría esperar.

El 28 de mayo, cuando iniciaba su campaña presidencial en Arica, la entonces candidata a ser Presidenta por segunda vez, Michelle Bachelet, fue objeto de otro escupitajo en plena plaza 1 de Mayo

El ataque había sido perpetrado por el estudiante de Antropología identificado como Elías Sanhueza, de 23 años, quien, tras el agravio, gritó consignas referentes al movimiento estudiantil y al pueblo mapuche. Fue detenido por Carabineros, pero no fuer objeto de sanción alguna.

Lo mismo había sucedido en julio de 2008, cuando la estudiante María Música Sepúlveda se le pasó la mano al arrojarle una jarra de agua al rostro de la entonces ministra de Educación, Mónica Jiménez. Después se jactó con soberbia de su hazaña; levantó un puño amenazante y profirió improperios contra la autoridad. Tampoco hubo sanción judicial.

Si nos vamos más atrás, recordemos otro escupitajo famoso: el lanzado en diciembre de 2006 por Francisco Cuadrado contra el vidrio del ataúd que contenía los restos del dictador Augusto Pinochet. El agresor es nieto del ex Comandante en Jefe del Ejército, general Carlos Prats, asesinado en 1974 en Buenos Aires por los esbirros de Pinochet.

Prácticamente sin sanciones

Es que quien agrede a otra persona o a una autoridad, en nuestro país puede resultar impune si no provoca lesiones mayores a las leves.

El simple escupitajo no causa daño ni lesión. Un tomatazo tampoco, si como en la agresión contra Allamand se trata de un tomate muy maduro. Si está verde y duro, puede provocar algún hematoma leve.

Nuestro Código Penal no es severo con este tipo de agresores.

Cometen atentado contra la autoridad:

El Artículo 261 define los atentados contra la autoridad, “los que sin alzarse públicamente emplean fuerza o intimidación para algunos de los objetos señalados en los artículos 121 y 126”; es decir, quienes intenten privar de sus funciones o impedir que entren en el ejercicio de ellas “al Presidente de la República o al que haga sus veces, a los miembros del Congreso Nacional o de los Tribunales Superiores de

Justicia (...). También se califica como atentado contra esas (y no otras) autoridades, “los que acometen o resisten con violencia, emplean fuerza o intimidación contra la autoridad pública o sus agentes, cuando aquélla o éstos ejercieren funciones de su cargo”.

Por su parte, el Artículo 262 señala que “los atentados a que se refiere el artículo anterior serán castigados con la pena de reclusión menor en su grado medio o multa de once a quince unidades tributarias mensuales”, siempre que concurra alguna de las siguientes circunstancias: Si la agresión se verifica a mano armada; Si los delincuentes pusieren manos en la autoridad o en las personas que acudieren a su auxilio; o “Si por consecuencia de la coacción la autoridad hubiere accedido a las exigencias de los delincuentes”.

Sin estas circunstancias –expresa el mismo Artículo- “la pena será reclusión menor en su grado mínimo o multa de seis a diez unidades tributarias mensuales”. Es decir, 61 a 541 días de reclusión o multa de $240 mil a 400 mil pesos.

Y generalmente, los tribunales chilenos han optado –cuando llegan a sancionar- por penas alternativas, como trabajos comunitarios.

Lo obvio es que no se contemplan penas ejemplarizadoras para estos atentados que, como van las cosas, podrían repetirse con consecuencias difíciles de imaginar.

Respeto por todos

Premisa básica de convivencia en una sociedad medianamente civilizada es que todos debemos guardar respeto por los demás, cualquiera sea la persona y/o circunstancia y condición que revista.

La reciente muerte del líder sudafricano Nelson Mandela nos hizo reflexionar sobre la repugnante normativa social de considerar a los ciudadanos negros como inferiores e indignos de trato similar al de los blancos. La minoría blanca sudafricana despreciaba a sus connacionales negros, los maltrataban y humillaban legalmente sólo por su color de piel.

Nuestra sociedad se ha manifestado contra todo tipo de segregación y discriminación.

Se entiende que en arrojo irreflexivo, irracional y ciego alguien pretenda atacar, por ejemplo, a un asesino o un violador de niños. Pero los atentados que hemos enumerado –y otros similares- no se dan en ese contexto.

El Presidente Piñera puede provocar rechazo en la mayoría de los chilenos, como lo señalan las encuestas. Pero él inviste la Magistratura que le otorgó la Soberanía Popular en las urnas; lo eligió la mayoría de los que fuimos a votar en 2009. Es la Institución más que la persona del Primer Mandatario la que todos los chilenos debemos respetar, aunque rechacemos a quien la ejerza.

La ex Presidenta también fue titular de esa Soberanía y ostentó el Mandato que le concedió la ciudadanía. Es más: puede tener detractores, pero estaba ad portas de volver a ejercer la Presidencia, el más elevado cargo que existe en nuestro ordenamiento institucional. Todo atentado en su contra, aunque sea la ofensa, es inaceptable y debiera ser severamente sancionado.

Igual como agredir a un Senador Electo, que es también manifestación del Mandato popular, como lo fue antes e igual representó a la Primera Magistratura como Ministro de Estado.

Ministra –y también representante de la Presidencia- era Mónica Jiménez cuando fue atacada con un jarrón de agua por la estudiante María Música Sepúlveda (¡qué lindo nombre!); no se entiende que haya resultado impune y que más encima haya estado respaldada por su madre cuando perpetró su atentado.

Pinochet, responsable de los viles asesinatos, torturas y ultrajes a millares de chilenos y chilenas, es hoy uno de los personajes más aborrecidos del mundo. ¿Merecía un escupitajo en su féretro? Lo merecía, pero nada justifica la acción. Sólo se puede deducir que el agresor actuó en estado de irracionalidad, furia e indignación contenida por décadas ante el horrendo crimen que mandó a perpetrar. Aún así, se trata de un atentado tan torpe como innecesario que nos hizo reflexionar.

Detener la espiral

Después de esta sucesión de hechos, nadie ha sugerido alguna fórmula para detener esta espiral.

Tendríamos que volver a nuestra manoseada consigna deque todo está en la formación de los individuos; que es en los hogares y las escuelas donde se debe inculcar –desde pequeños- el sentido del respeto a todos los ciudadanos.

Pero todos sabemos que de valores poco o nada se habla en uno y otro lugar.

Vivimos en una sociedad dominada por los antivalores mediáticos. Estamos en un grave estado de cosas, porque la violencia y carencia de valores positivos emerge desde la televisión tanto como de los pasquines y revistillas farandulescas, que nos muestran a gente “exitosa” ejerciendo una soberbia sin límites.

…Soberbia… Ese maldito pecado que nos hace presumir superiores y nos lleva a despreciar a quienes no son –o no piensan- como nosotros. Vivos o muertos, todos los diferentes son objeto de nuestro ultraje.

Papini tenía razón

“El Libro Negro” se llama la preciosa novela de Giovanni Papini en que el personaje central es un hombre rico y generoso que gasta su dinero entrevistando a los sabios más sabios del mundo para nutrir sus valores espirituales y buscar la verdadera razón de existir.

La mayor lumbrera que encontró fue un sencillo monje lama con quien llegó a una gran conclusión que debiéramos aprender: el mayor de los pecados que cometemos los seres humanos, del cual derivan todos los demás y los delitos que podemos cometer, es la soberbia.

Si la soberbia lleva a alguien a escupir a un Presidente o al féretro de un repudiable dictador… Puede provocar cualquier otro atentado… Hasta los crímenes más atroces.

La soberbia inspiró a Pinochet para endiosarse y pretender decidir por la vida y la integridad de todos los demás chilenos.

Atajemos la soberbia entre hermanos, padres o hijos, amigos, compañeros, amantes, parejas… En fin: detengamos esta perversidad que puede convertirse en la peor de las plagas para nuestra sociedad.

Director responsable: Miguel Tapia González [director(a)zonaimpacto.cl] · Webmaster : Javier Tapia Donoso