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27 de septiembre de 2010
Patricio Ayala Morales

¿Quién tiene la llave de la paz? Aquel que financia la guerra.

Palomas, halcones, hipócritas

Por Patricio Ayala Morales

Desde el jueves 2 de septiembre, se han reunido en Washington Benjamin Netanyahu (Primer ministro israelí) y Mahmoud Abbas (Presidente palestino) para una más de tantas rondas de negociaciones directas para intentar avanzar en desenredar el tema de la paz, mezcla de virutilla con olla de tallarines. Convocante es Hillary Clinton, Secretaria de Estado norteamericana, naturalmente bajo la orientación e instrucciones del presidente Barack Obama.

Los observadores se declaran relativamente optimistas por la disposición positiva del dirigente israelí, que estaría reflejada en su frase, copiada sin duda del gran filósofo y analista político Perogrullo: "Una verdadera paz, una paz duradera sólo puede ser lograda con concesiones mutuas y dolorosas de las dos partes".

Muchas reuniones se han sucedido. Por ejemplo, el 26 de marzo de 1979, firma del Tratado de Paz entre Israel y Egipto (Menahem Beguin y Anwar el-Sadat, bajo los auspicios de Jimmy Carter), precedido de los Acuerdos de Paz de Camp David (1978); la Conferencia de la Paz en Madrid (1991); octubre de 1998 (Netanyahu, Arafat, Clinton); tratados de Oslo (septiembre de 1993), por los cuales los palestinos reconocieron el Estado de Israel y los israelíes la Autoridad Nacional Palestina, se preveía un repliegue de Israel y el establecimiento de un Estado Palestino; y un largo etcétera.

Al día de hoy, las principales cuestiones pendientes son la soberanía de la Franja de Gaza y Cisjordania, la eventual formación de un Estado palestino n dichas áreas, el estatus de la parte oriental de Jerusalén, de los Altos del Golán y de las Granjas de Shebaa, el destino de los asentamientos israelíes y de los refugiados palestinos, el reconocimiento de Israel y Palestina y de su derecho a existir y vivir en paz al abrigo de amenazas y actos de fuerza, así como la relación de Israel con Siria y el Líbano. Actualmente Israel tiene tratados de paz vigentes con Egipto y Jordania que garantizan su convivencia pacífica.

¿Por qué el problema que formalmente se inició en 1948 (la historia es bastante más larga) aún no se arregla?

Cuando se trata de problemas intrincados, la experiencia (aquella que consiste en constatar, cuando la paz ya se logró, que la sangre ha sido tanta que ya es inmedible, y con mayor razón los sufrimientos, que los muertos están pasando al olvido porque son una molestia para los negocios, y el balance de los "principios fundamentales" que se defendían deja una desoladora impresión de menor cuantía), muestra que un mapa 1:1500 es mejor que uno a escala 1:1, que un catalejo es mejor que un microscopio. Pero aún hoy, si los doctores en ciencias políticas arrojaran sus múltiples diplomas al tacho de la basura por algunos días y los políticos se olvidaran de elecciones y encuestas por el mismo lapso, descubrirían rápidamente la razón de la sinrazón.

Cada vez que las conversaciones amenazan con llegar a acuerdo, Israel bombardea algún barrio o aldea palestina y algún grupo radical palestino realiza un atentado en alguna sinagoga o mercado público; lo único que cambia es el orden del ataque. Las imágenes en la TV marcan el fin de las negociaciones. Sin embargo, sesenta años han dejado en claro que dichos atentados (sobre todo los palestinos, realizados por grupos ingobernables, que no pueden equipararse a los ataques realizados por fuerzas del Estado de Israel) deberían considerarse un dato de la causa, terrible pero perfectamente predecible. En los hechos, dos pueblos dejan que los ultras decidan que la paz y la convivencia no son posibles. ¿Dónde está el liderazgo en ello? Al ciudadano israelí le han obnubilado el espíritu y se lo han reducido al mero espíritu de supervivencia y su peor pesadilla es verse arrojado al mar, por eso apoya la política de agresión permanente. Entre los palestinos, en sus carpas y su vida de emergencia que ya dura sesenta años, allegados en su propia tierra, predomina la desesperanza y la impotencia y apoyan el "ojo por ojo, diente por diente", con cierto ropaje religioso.

La realidad simple, pero no simplista, y que nunca será dicha ni menos asumida, es que el único que tiene el poder de obligar a los actores no sólo a sentarse a negociar sino llegar a acuerdo, es Estados Unidos. ¿Por qué? Porque Estados Unidos es el financista principal de la guerra de Israel contra sus vecinos árabes. Bastaría que Estados Unidos dijera a Israel (en secreto, por supuesto, para no herir su orgullo nacional y para no envalentonar a los ultras palestinos): "Ustedes son un país independiente. Hagan la política interna y externa que ustedes decidan. Pero no pueden obligar a los ciudadanos de Estados Unidos a financiarles con sus impuestos sus guerras de agresión. Les aseguraré lo suficiente para su supervivencia y defensa, nada más, a partir de tal año. Ese es el plazo que tienen para firmar acuerdos de fondo".

¿Por qué esto no será dicho ni asumido? (Aquí deberíamos citar a Canitro, el personaje del Japenning con Ja: "Sé que con esto me echaré mucha gente encima"). Por el lobby judío en Estados Unidos, el único capaz de destrozar gobiernos y carreras políticas por su control directo e indirecto de los medios de comunicación en absolutamente todas sus expresiones y de los mecanismos del poder estatal, con su poder económico, con un espíritu de cuerpo envidiable, con su apoyo irrestricto e incondicional a Israel, etc. Los dirigentes de EE.UU. han dicho muchas veces herejías y barbaridades contra las minorías de su país (pieles rojas, negros, latinos, etc.), pero nunca contra judíos ni Israel (nunca han suscrito las condenas de la ONU contra éste). No tienen espíritu masoquista ni suicida.[1]

En resumen: veo pocas posibilidades de resultados positivos tangibles. Hemos sufrido demasiadas desilusiones, hemos experimentado demasiada ira ante el desprecio por la vida y el ser humano por aquellos lares, al punto que alguna vez hemos repetido la frase de un personaje de la película "Siriana": "Si el hombre fue hecho a semejanza de Dios, entonces Dios está profundamente perturbado".

Sin embargo, estamos aún lejos de la tentación de citar a Woody Allen: "Me sentí mucho mejor cuando abandoné la esperanza".

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