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28 de agosto de 2010

Acorralando a los fumadores

Miguel Tapia G., Periodista

Nuestra sociedad está desarrollando cada día con mayor virulencia un despiadado y frontal ataque contra el tabaquismo.

Desde todo punto de vista se puede comprender como altamente positivo que se acorrale sin tregua una práctica evidentemente nociva para la salud tanto de los adictos como de quienes han resuelto llevar una vida libre de los efectos del tabaco.

Pero lo lógico sería que se ponga atajo legal a todas (o las más peligrosas de) las prácticas nocivas que afectan a la salud pública. Hasta ahora, se advierte una agresiva obsesión por el cigarrillo, sin reparar en el inmenso espectro de amenazas sobre las cuales no se ejerce control alguno.

Fumar era un placer

Comencé a fumar de puro "mono" cuando tenía unos 14 años, imitando a ese gran fumador que fue mi padre (murió a los 89 años). Él consumía el viejo "Cabaña Especial", pero nosotros -mi hermano Héctor y yo- conocíamos las demás marcas, que comenzamos a "pitear" de manera aislada, como simple aventura: Ideal, Particular, Ópera, Baracoa, etc., etc.

Por 1963, fumar era un placer y así lo proclamaba el tango. Nunca se habló de que producía cáncer o que atentara contra la salud pública. Fumábamos relajados y encantados, imitando a los personajes del cine y el glamour que fumaban en toda circunstancia. En las películas, admirábamos a los protagonistas que apenas despertaban encendían un cigarrillo, antes de lavarse los dientes, vestirse o desayunar.

Ya joven, cuando trabajé en Valparaíso, fumaba durante el viaje en tren o en los buses. Indudablemente, fumar era un hábito de buen gusto: nunca vicio o adicción.

Acorralados

Y de repente, cuando ya el cigarrillo constituía para mí -como para tantos otros- un acendrado hábito bendecido por la sociedad, se descubre que el tabaco es tremendamente nocivo y hay que erradicarlo de todos los rincones de mi patria.

Se inicia entonces un combate sin tregua contra este hábito ahora convertido en vicio despreciable, en adicción perniciosa que condena a sus seguidores al escarnio y el aislamiento públicos.

Hoy, el hábito del cigarrillo forma parte de mi ser. Nadie me lo advirtió en mi juventud y ahora, viejo, me siento cada vez más acorralado. Me indigna tener que dar explicación a personas conocidas y desconocidas que se me acerca en la calle cuando me ven fumando. Cada uno, como informándome de alguna exclusiva novedad que debiera sorprenderme, me increpa: "¡Deja de fumar! ¿No sabes que el cigarro hace mal, te mata?" Entonces tengo que irme de explicación: "¡Claro que sé, pero déjame decidir a mí lo que tengo que hacer!"

- Pero te va a dar cáncer al pulmón, vas a morir podrido- insiste generalmente el interlocutor.

Entonces opto por retirarme en silencio. ¿Qué saco con explicarle que yo resuelvo mis cosas y que no se meta en mis opciones personales? Después de aguantarles estos ¿tendré que soportar interrogatorios sobre mi alimentación o mi conducta sexual?

Pero cada vez me irrita más la intromisión de tanta gente fundamentalista del antitabaco en mi adicción. A pesar de tantos años fumando (más de 45), todavía tengo mis pulmones en buen estado, según el escáner y las radiografías que me hicieron hace dos meses. Pero ¿cómo explicar -y que me entiendan- que el cigarrillo produce distinto efecto según cada persona?

Cuidemos la salud de todos

Finalmente, bueno: ya. Puedo convencerme y dejar el cigarrillo, porque me siento demasiado acosado.

Más aún ahora que pretenden prohibir fumar en espacios públicos abiertos; es decir, incluyendo calles y plazas. ¿También el campo?, me pregunto.

Déjenme entonces preocuparme por todos los malos hábitos que atentan contra la salud individual y colectiva de la población.

Me produce fastidio comprobar, por ejemplo, que a menos de una cuadra de las escuelas y colegios se prohíbe la venta de cigarrillos, pero no de alcohol. Hay una escuela de niñas en mi ciudad, donde las alumnas compran bebidas alcohólicas al lado de su establecimiento y los cigarrillos los adquieren dos cuadras más allá, en un servicentro.

En el interior de muchos establecimientos, al lado, dos cuadras más allá y sin restricciones, se vende la adictiva comida chatarra que niños y niñas consumen a destajo. En ese caso, la "salud pública" ni la Bancada Médica de diputados se preocupan de que los tradicionales completos, las fritangas en aceites ya negros, las grasas de sándwiches de dudosa composición y toda la mugre envasada que les venden a nuestros jóvenes los sobresaturan de colesterol y multiplican despiadadamente la obesidad infantil y juvenil.

También hacen vista gorda de la indiscriminada venta de alcoholes a nuestros adolescentes, de las tremendas parrandas en las que participan sin compartir, bailar ni conversar sino sólo bebiendo hasta quedar botados. Nada dicen del consumo exagerado de dulces y embelecos incentivado por la exacerbada publicidad sin contrapesos, que representan un paso seguro a la letal diabetes, una de las enfermedades más recurrentes en nuestra sociedad.

No he visto en ningún envase de dulces, de alcohol o chatarra algún mensaje advirtiendo los daños que produce. En cambio, en los envases de cigarrillos se obliga a incluir mensajes terroríficos con imágenes de espantosa morbosidad advirtiendo que moriremos podridos y nuestros niños están condenados a las peores enfermedades por ser fumadores.

Increíble que además este producto tan perseguido pague los más altos del país: el 51 por ciento. A los licores, en tanto, sólo se les aplica un 27% ¿Es que el alcohol es menos dañino que el tabaco? Este último daña la salud de las personas, mientras el alcohol afecta la salud social por sus efectos colaterales, como los accidentes, riñas y homicidios perpetrados por personas borrachas.

Dejaré el cigarro en el instante mismo en que se aprueben leyes que al menos adviertan sobre los riesgos de consumir otros productos.

Por ahora, seguiré soportando la injusticia y el acorralamiento a los que me somete una sociedad que sólo advierte -o quiere advertir- los efectos de la adicción que menos daño causa a la salud social del país, negándose a tomar conciencia de los demás peligros, que suelen ser mucho más perniciosos.

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