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28 de agosto de 2010
Carlos CerdaCarlos Cerda, fallecido autor de %u201CFerrobádminton%u201D.

Ferrobádminton

Carlos Cerda
Del libro “Escrito con L”
Fuente: EducarChile.cl

Berlín, Alexanderplatz. A las ocho en punto de la noche irrumpió en la pantalla el estadio Santiago Bernabeu, iluminado y ruidoso como una fiesta. Los equipos ya entraban a la cancha y yo acababa de colocar la botella de vino sobre la mesa, cuando sonó el timbre. Como conozco ese timbrazo sostenido, de un brinco llegué junto al televisor y bajé el volumen.

Creo que hasta contuve la respiración para que Ingrid se convenciera de que yo no estaba, pero los timbrazos sonaban con tanta insistencia que era absolutamente imposible seguir soportándolos. Decidí entonces tomar el toro por las astas y fui hasta la puerta.

Ahí estaba Ingrid, cariñosa en el beso, decidida en la reiteración de lo que empezaba a ser un hábito: sacarse los zapatos (esa cortesía alemana con la alfombra), colgar su chaqueta de cuero en la percha, avanzar descalza hasta el extremo del sofá que parece preferir y sorprenderse esta vez del orden que le permitía descubrir ángulos desconocidos de la pieza, pensando (imagino) que yo los había convocado allí en su homenaje.

Entonces no tengo más salida que explicarle lo inexplicable. Si quieres nos juntamos después del partido, le digo tratando de ocultar mi inseguridad en un alemán mucho peor del que soy capaz. El fútbol no me molesta, me dice haciéndome un gesto para que me siente a su lado. Me acerco buscando la forma de hacerle entender que esta noche quiero estar solo. Mientras me acaricia la cabeza se lo digo así, en un tono amistoso pero sin retórica: Es mejor que te vayas ahora. Necesito estar solo. Y como Ingrid me mira sin entender, aprovecho su confusión para ir hasta la puerta y traerle sus zapatos. Se los acerco con gesto inseguro, seguro de que para ella la cama tendida y la botella sin abrir tienen un significado indudable.

Intento un par de frases que parecen volverse en mi contra apenas las pronuncio, y entonces de nuevo el timbre. Ahora voy realmente sorprendido hasta la puerta y antes de que haya terminado de abrirla irrumpe Carmen como un ventarrón. Al verme con los zapatos de Ingrid en la mano me hace un gesto cómplice, disimulando apenas una carcajada, y luego se disculpa, no quiere molestar, si hubiera sabido... Ingrid me arrebata los zapatos con la misma decisión con que se los sacó, se los calza nerviosamente, se pone la chaqueta ocultándome su rostro y me pide que le traiga del baño su cepillo de dientes.

En la pantalla una media luna invertida marca los treinta minutos del primer tiempo. Carmen, hincada junto al estante de los libros, busca en unas cajas repletas de papeles y fotografías el certificado de nacimiento de Andresito.

Me alegra y me entristece contemplarla. Todavía quiero su largo pelo negro y esa manera de perderse en lo que hace, indefensa como un niño entre sus juguetes. Imposible entonces este esperado encuentro con el viejo. Imposible aunque Carmen haga esfuerzos para que yo no sienta su presencia, aunque me hable con frases cortitas cuando nota que la intensidad del partido decrece. Me cuenta que el lunes le darán en Berlín Occidental un pasaporte sin L. En un mes estará de nuevo en Chile.

Estoy segura de que el certificado de nacimiento estaba junto con la carta de viaje que te dieron en la Embajada de Finlandia. Está excitada por la certeza del retorno, pero sus planes son exactos; tienen la precisión de un cuchillo. Habrá un colegio alemán para Andresito, así el niño no olvida un idioma que le puede servir; al comienzo vivirán con los padres de Mario, que tienen una casa grande en La Cisterna.

Aunque no la conocen, ya han escrito que se alegran. Mario podrá conseguir algo en una agencia de publicidad y yo a lo mejor unas traducciones, así de a poco nos iremos arreglando. Lo que me apena cuando la escucho no es su entusiasmo sino la imagen de ese retorno que más parece una prolongación del exilio. El cónsul los llamó esa mañana para decirles que están listos los pasaportes. Era eso entonces. Por eso desde temprano ese presentimiento vago, esa desazón, ese vacío a pesar de la final y ese deseo de soledad a pesar de Ingrid y la noche del domingo.

En el entretiempo, mientras ayudo a Carmen a colocar nuevamente los papeles en las cajas, separo dos fotos del viejo y las pongo sobre la mesa. Carmen me pide también algunas fotos, quiere esa en que estamos en la playa de Warnemünde, y una marchando por la Leninallee un primero de mayo, la boca de Carmen sorprendida en la instantánea del grito, Andresito sonriendo sobre mis hombros con su pañuelo azul de pionero.

De pronto Carmen deja de ser ese ventarrón nervioso y entusiasmado. Guarda en un sobre el certificado y las fotos y se sienta junto a mí. Ya están los equipos en la cancha y va a comenzar el segundo tiempo. Me fumo uno y me voy, dice Carmen prestando por primera vez atención a la pantalla. Le sirvo vino y enciendo su cigarrillo. Antes que nos vayamos tienes que venir a comer con nosotros, me dice. Andresito se va a alegrar, y también Mario.

Cuando vengas te haré empanadas. Aunque siento la boca amarga y un ligero dolor en el estómago, enciendo también un cigarrillo. Si esto dura Andresito puede venir a verte un verano, en las vacaciones de invierno. Estás raro, Andrés ¿Estás preocupado por la disertación? Si te duele la úlcera es mejor que no fumes. ¿Quieres que te caliente un poco la leche? Le digo que no, que esta vez no es la úlcera. Le cuento que anoche soñé de nuevo con el estadio y que he estado todo el día pensando en el viejo.

Los fines de semana eran una interminable maratón de partidos y goles. Los sábados nos saltábamos el almuerzo pues llegábamos a casa pasado el mediodía, tiempo justo para encontrarnos, tomar el paquete que ya tenía listo mi madre, y salir corriendo hacia el estadio.

El paquete que mi madre liaba cuidadosamente en un papel azulino como envoltorio de velas era parte del alma de los sábados, la sal y pimienta de la tarde en Santa Laura. Contenía sandwichs de arrollado con ají de color para mi padre, no faltaban los tutos de pollo y un par de huevos duros sabiamente envueltos en un paquetito más pequeño, forrado en papel mantequilla, contenido en el grande, junto con los sandwichs y las manzanas que yo empezaba a engullir cada vez que mi padre retiraba del paquete un ají verde. Esas maravillas reunidas por las manos cariñosas de mi madre eran la alegría misma en forma de paquete; una chispa de abundancia en la severa monotonía de nuestra pobreza.

También el estadio era pobretón y estaba situado en el corazón de un barrio triste en el que se amontonaban la morgue, la casa de orates, un hospital interminable, y al final de la avenida La Paz, el Cementerio General. Era un barrio de mierda, pero era nuestro barrio. Para ir a la escuela yo tenía que pasar todos los días frente al estadio, que vacío me parecía más triste todavía, como un circo a punto de ser desmantelado. Pero llegaba el sábado y el esqueleto de madera revivía, y revivían también los bares de mala muerte que lo rodeaban. Yo era niño entonces y no podía entrar a esos bares.

Esperaba a mi padre en la calle mirando las portadas de los números viejos de la revista Estadio que un vendedor desplegaba sobre la vereda como cartas de un naipe gastado. El viejo se tomaba rápidamente un potrillo y ya en la calle me compraba dos o tres revistas ajadas con las que iba completando mi colección de favoritos ensartados en las paredes de mi pieza. La delantera de Unión Española, los diablos rojos de Santa Laura, y la del Colo, por supuesto, con Aranda, Arias, Robledo, Colo-Colo Muñoz y Castro; René Meléndez, con la casaca azul y oro del Everton y como telón de fondo las galerías de El Tranque, porque hasta Viña llegamos para ver un partido del Ferro. Con las revistas y el paquete bajo el brazo corríamos hacia las boleterías para quedar adelantito en la cola.

Desde allí se escuchaban como estallidos los goles del preliminar, mi viejo se impacientaba, yo le sonreía, me pegaba a él, lo quería tanto cuando sentía la ternura de su mano sobre mi cabeza. Luego la carrera hasta el centro de la galería, un sorpresivo deslumbramiento verde, mi mirada fija en el túnel por donde los equipos entrarían a la cancha. El viejo me compraba una visera con la insignia de Ferrobádminton y algunos números para la rifa de una pelota que yo veía brillar como un pez en el fondo de la malla. Esas pelotas las sorteaban unos seres que me parecían fantásticos, mezcla de heladeros y prestidigitadores, que terminaban entregando su tesoro a dudosos afortunados que siempre estaban en el otro extremo de la galería. Cuando llovía nos protegíamos con el mismo paraguas y entonces yo me arrimaba lo más posible para sentir el olor de mi padre. Mi memoria está impregnada de esa emanación de ropas húmedas que se confundía con su aliento ligeramente vinoso, con fragancia de tabaco.

Visto a la distancia puede decirse que eran unos partidos francamente miserables. Nuestro equipo se jugaba cada sábado el descenso y era cosa de fiesta que lograra un empate en el último minuto. Mi padre sufría. Yo aprendí luego que toda pasión verdadera requiere de esa cuota de sufrimiento que lo angustiaba. Siguiendo una jugada peligrosa me tomaba la mano, tal vez sin darse cuenta, y yo la sentía húmeda, excitada.

Seguía los minutos finales de pie, gritando ¡Fuerza Ferro! y tomándose la cabeza a dos manos después de cada chambonada, de cada posibilidad perdida. ¡Fuerza Ferro, mierda! y entonces el pitazo final, la euforia de los otros, raras veces la nuestra. Son unas vacas, decía mi padre. Jugar tan mal debería estar prohibido. Y yo los veía caminar hacia los camarines, la camiseta empapada, las medias abajo, las piernas chuecas, encorvados por el cansancio y la derrota.

Al final del partido solo teníamos que caminar un par de cuadras para llegar a nuestra casa. Todos corrían a encaramarse a los carros que esperaban en la plaza Chacabuco, pero nosotros nos íbamos despacito, apenados como la bruma de la tarde, con el tranco de los rezagados que de nuevo iban llenando los bares de la cuadra para enfrascarse en discusiones interminables sobre gol que pudo ser, con fondo de dados sonando su ronroneo ansioso en los cachos de cuero, voces trasnochadas y compases tangueros.

Cuando llegábamos a casa, empapados y sin dinero porque al viejo además se le ocurría hacer apuestas, mi madre me metía en la tina caliente y yo descubría, a través del vaho sin olor, que sus ojos llorosos eran el regalo de otra ternura.

Todo esto, sin embargo, no era sino el prólogo de los domingos, porque ese día sí que la cosa iba en serio. Almorzábamos temprano y a las doce en punto partíamos al programa doble del Estadio Nacional.

El barrio parecía idéntico, pero la casa se fue llenando de goteras. Llegó el mundial del 62, y fuimos al Nacional con mi madre a ver el partido contra Yugoslavia; votamos por Frei el 64 y también los tres participamos en la marcha de la Patria Joven; mi padre fue elegido secretario de actas del sindicato; Stevens volvió de Tokio sin la corona de los plumas, pero igual fue recibido como un héroe porque había perdido por puntos; en las paredes de mi pieza las fotos de Jean Paul Belmondo y Claudia Cardinale desplazaron a Misael Escutti y Leonel Sánchez; y fueron apareciendo otros banderines, el del Pedagógico, el de la D.C.

Me transformé en hincha de la U y en escrutador eximio en las trasnochadas elecciones de la FECH. Colo Colo perdió en el minuto final la Copa Libertadores, pero se dijo que había sido una victoria moral. De tanto coincidir en la liebre Macul-Cerrillos terminamos conociéndonos con Carmen.

Pasaron también la masacre de El Salvador y el asesinato del Che en Bolivia. Pasaron tantas huelgas como agua bajo los puentes. La esperanza se transformó en decepción y de la decepción nació una esperanza nueva. Mi padre siguió creyendo en la Patria Joven y yo colgué en mi pieza (que de a poco se fue llenando con libros de historia y folletos de Marx y de Engels, de Lenin y de Mariátegui) una estrella roja sobre un rectángulo verde como cancha de fútbol: el emblema del MAPU. En nuestra casa funcionó un comité de la Unidad Popular y el día de las cuatro marchas de la Victoria mi padre renunció por primera vez a una tarde en el estadio, para marchar conmigo hasta el parque Cousiño.

Pasó la noche del 4 de septiembre de 1970 y el discurso de Allende desde los balcones de la Federación de Estudiantes ¿te acuerdas? Y el asesinato del general Schneider. Y la transmisión de mando con escenarios y baile en toda la Alameda. Entré un día al liceo de mi barrio convertido en profesor de Historia y Geografía.

La boda con Carmen se celebró una noche de verano bajo el parrón de su casa. Pasaron también los atentados, el mercado negro y el sabotaje. Hasta la víspera del golpe los cuatro echábamos el kilo en una JAP de Independencia.

Un domingo vi a mi viejo en el Estadio Nacional más triste que en todas nuestras tardes derrotadas. Los presos estábamos desde temprano arropados con mantas en la galería. Era un día especial porque recibiríamos a nuestros parientes, autorizados por la Junta para visitarnos durante una hora. Solo por eso parecía domingo.

Desde mediodía fueron entrando por la puerta de la maratón. Caminaban por la pista de ceniza buscando el rostro familiar en medio de esa familia inabarcable. Mi viejo venía entre los primeros. La columna silenciosa avanzaba por la pista encañonada por los soldados que se habían apostado al borde de la cancha. El viejo parecía asustado y de a poco se fue acercando a la malla olímpica para pasarme por entre los alambres el paquete envuelto en papel azulino.

Retengo a Carmen llenándole la copa, pasándole un cigarrillo encendido. En la pantalla Madrid y la repetición de una jugada peligrosa y la misma imagen en Berlín, París, Dakar, Río, Buenos Aires, Santiago, puntos que une la línea imaginaria de mi itinerario invertido. Santiago.

También estábamos mirando una transmisión de fútbol la tarde en que nuestros familiares vinieron a despedirnos. Habíamos retirado los sacos de dormir del salón de la embajada y engalanado el lugar como para una fiesta.

La mujer del embajador encargó veinte docenas de pasteles. Pusimos sobre una mesa interminable los pasteles, y flores, y recuerdos envueltos en papel de regalo y chocolate caliente para los niños. Era una tarde calurosa de diciembre, así es que nos refrescábamos tomando borgoña en frutilla, haciendo corrientes de aire y mirando las fotos que adornaban las paredes de la sala: paisajes nevados de Finlandia, bosques abatidos por el peso de la nieve, casas de madera aplastadas por la blancura. El oficial de guardia había concedido una visita «de una hora y por una sola vez» en vista de que viajaríamos al día siguiente.

A las cuatro el salón, la biblioteca y las oficinas del consulado estaban repletos y todos nos inventábamos rincones. Nosotros estábamos de pie cerca del televisor. Mi padre me entregó una maleta que los carabineros habían revisado cuidadosamente a la entrada, y mi madre un álbum con fotografías amarillentas y varios frascos de un líquido lechoso para combatir la acidez.

Mi madre, que de solo verme entumido era capaz de romper en llanto, hacía unos esfuerzos desesperados para disimular su desconsuelo, vigilaba por el viejo que de tanto en tanto dirigía su mirada experta hacia la transmisión. Lo que a mi madre le parecía absolutamente inexplicable era que yo estuviese en esa casa rodeada de carabineros y soldados y que no entraran a detenerme. Es más, miraba con asombro los rostros conocidos de senadores y ministros que compartían conmigo ese privilegio incomprensible.

Mientras le explicaba sentí de manera muy nítida que estaba haciendo la clase de educación cívica más extraña e inesperada de mi vida. Esta es una embajada, mamá. Y el recinto de la embajada es territorio de Finlandia.

Aquí no pueden detenerme porque estoy bajo la protección de otro gobierno. ¿Y así es Finlandia? me preguntó indicándome las fotos nevadas. Le dije que sí y mi madre se quedó mirando un paisaje frío hasta que sus ojos se llenaron de lágrimas. Tienes que abrigarte bien, me dijo, y prometió tejerme un pulover grueso y una bufanda. ¿Y aquí estás seguro? Le dije que sí, que estaba seguro. Estoy en Finlandia, le dije. Estamos juntos, mamá. Yo la puedo besar todavía y podemos tomarnos de la mano, pero yo ya estoy en Finlandia.

Iba pasando nuestro último cuarto de hora. Era como jugar los descuentos de una final con un gol en contra. El tiempo volaba. No sabíamos qué decir para evitar las mentiras piadosas y las verdaderas terribles. Hemos sabido que Carmen está bien, dijo mi padre. Fue justo al oír esa frase que mi madre se puso a llorar sin atender a las instrucciones terminantes del viejo. Estimulada por los sollozos que brotaban en otros rincones del salón, y cuando el oficial entró para gritar que terminaba la visita, mi padre sacó una cajetilla maltrecha, me extendió un cigarrillo, estiró cuidadosamente el suyo y me dijo: Bueno, pero fumémonos un puchito antes...

Y este otro final. Carmen apaga el cigarrillo y mira el reloj. Mario la está esperando, le prometió estar en la casa cuando terminara el partido. La acompaño hasta la puerta y antes de irse me toma la mano y me besa con ternura. Luego la veo alejarse por el lago corredor, detenerse frente a los ascensores, partir. En la pantalla la repetición de una posibilidad perdida. Voy a la cocina, saco del refrigerador una botella de vodka y vuelvo al televisor para seguir de pie los minutos finales, los arrestos sin esperanza de los derrotados, el esfuerzo final ya sin fuerza, la carrera sin aliento, el corazón a punto de estallar, saltando al ritmo del mío.

Un pase largo que un alero no es capaz de alcanzar, las piernas flojas para el pique, la respiración difícil, en la nariz el olor de la sangre. El pitazo final y la euforia de los nuevos campeones. Voy al balcón. La Alexanderplatz es un paisaje de cemento abandonado. En la esquina, Carmen espera el bus 57.

Tengo la impresión de que no solo espera un bus que la dejará en Frankfurter Tor, sino el avión que la llevará a mi ciudad, a mi barrio, a mi casa. ¿Cómo se las arreglará el viejo con las goteras? Lo imagino sentado en su sillón de cretona floreada, pegado a la transmisión, sintiéndose menos solo. Vuelvo a la pieza y apago el televisor. De nuevo se acabó. Pero yo sé que él se acordó de nuestra cita. Alemania el 74, Argentina el 78, España esta noche y después... bueno, después... Por lo menos hoy hicimos lo mismo en el mismo momento, y eso es lo más parecido a estar juntos.

Lo veo poniéndose el abrigo y la gorra y luego caminando por mi calle llena de niños y de perros. Lo imagino en la plaza del estadio mirando el esqueleto silencioso de Santa Laura, las galerías desiertas bajo el sol frío de la tarde. Aquí es de noche, viejo, hace calor, es verano.

Apago todas las luces y salgo también a la calle, que de a poco empieza a animarse. Bajo al bar de la Gastmahl des Meeres y le pido a Peter lo de siempre. Mañana le voy a escribir. Le contaré que Carmen regresa. Le diré que va a conocer a Andresito, que ya cumplió los diez. Ahora tendrá un compañero para el estadio. Y aunque ya no esté la vieja para hacerles el paquete de los sábados, los imagino comprando banderines y viseras y parece que los escucho cuando gritan ¡Fuerza! ¡Fuerza muchachos!, cuando me gritan ¡Fuerza! ¡Fuerza!

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Carlos Cerda nació en Santiago de Chile en 1942 y murió el 19 de octubre de 2001, apenas unos días antes del lanzamiento de su libro "Escrito con L", que alude a la letra que los exiliados chilenos, como él, recibían en su pasaporte después del golpe de 1973. El relato que publicamos hoy pertenece a ese libro que no alcanzó a presentar.

Ex alumno del Instituto Nacional, se graduó en filosofía en la Universidad de Chile y, tras el golpe de Estado de 1973, partió al exilio en la desaparecida Alemania Democrática, donde se doctoró en literatura.

Profesionalmente, cultivó diversos géneros -ensayo, periodismo y hasta radioteatro-, pero su obra más importante corresponde a la dramaturgia y la narrativa: Entre sus principales escritos destaca "Lo que está en el aire" y "Este domingo" (versión teatral de la novela de José Donoso), los cuentos de "Por culpa de nadie" y "Primer tiempo" y diversas novelas. Entre ésta, figuran "Morir en Berlín" (1993) -donde vierte la experiencia de su largo exilio- en una narración que lo consagró como uno de los novelistas más sólidos del Chile de la transición. Destaca también "Una casa vacía" (1996), novela por la que obtuvo el Premio Municipal de Literatura, el del Consejo Nacional del Libro, y el del Círculo de Críticos de Arte. Y "Sombras que Caminan" (1999).

Su temprana muerte el 19 de octubre de 2001, lo situó como una figura central del XXI Feria Internacional del Libro de Santiago, en momentos que estaba por lanzarse su último libro "Escrito con L". En el prólogo, su amigo y también escritor Antonio Skarmeta escribió: "Cerda posee un talento narrativo que debiéramos llamar estrictamente profesional, tiene un sentido de las proporciones entre el suspenso implícito y la nitidez de la anécdota que hace de cada relato un espacio inolvidable..."

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