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28 de agosto de 2010
Peter GräftPeter Gräft y sus casitas para pájaros.
Pequeña casita en el guindo de mi hogar, al lado de "Araucaria Mía"

El Paralelo 50

Por Gabriel Morales Wilson (a) "El Chino"

Detengámonos un instante y miremos al hombre solo. Simplemente mírenlo, ahí parado al medio del bosque, con su barba que no tiene fecha, sus ojos azules, imposible decirnos qué edad podría tener; sus zapatos de caminante que saben diferentes pavimentos, el hombre que no sabe otro idioma que el silencio o quizás, solamente conoce el lenguaje de los pájaros, de los animales del bosque o de las montañas, de las selvas, de los ríos y los cielos del Paralelo 50, su camino fijado hace ya treinta años, allá en su Maguncia, Alemania.

Se los presento: se llama Peter Graift.

Lo conocí hace un año y algunos meses más, en un islote entre dos brazos del río Mosela, ahí donde con mi Huasa diariamente salimos a caminar cuando el buen tiempo lo permite, tomados de la mano, algunas veces absortos en nuestros propios pensamientos, otras veces hablando acerca de los hijos y los nietos, del tiempo que fue y no será, a sabiendas que luego, muy luego, mi barca partirá en busca del océano, al ocaso. Otras, le enumero las variedades de árboles y plantas que encontramos en nuestro vagabundear, que nadie ha plantado, que las aves traen desde lejos, sintiéndonos como náufragos en una isla desierta, felices que ningún otro vendrá a interrumpir nuestro paseo por un lugar que todo el mundo sabe que existe - apenas está allí- pero que no vale la pena ir, cuando hay parques tan hermosos, con flores y todo lo demás, incluso una fuente donde tirar una moneda y solicitar que un deseo se cumpla... posiblemente la soltera que jamás supo de ternuras encontrará el hombre que sus sueños le dicen que es ese y no otro quien podrá amarla, o bien ese hombre que se imagina en los brazos de esa mujer tan sola, pero que tanto lo desprecia sin concederle ni siquiera una mirada.

Reconozco que siempre me impresionaron los hombres que decidieron dejar todo e irse a un lugar donde perder su nombre y sus huellas. Recuerdo a "Petersen" (¿Sería su verdadero apellido? Nunca logramos saberlo) que vivía en la tierra de nadie, entre el camino de Cartagena a San Antonio y las rocas; a "El Machucado" que fue a vivir su tristeza y rencor en las montañas de los Alpes y así vivir con el recuerdo de su amada asesinada en Chile; a Andrés, que escribía poemas de amor y las enviaba por las botellas de whisky que vaciaba allá, en mi Bretaña tan amada.

Hoy, me impresiona Peter Graift.

La soledad es una compañía que se merece, que es difícil alcanzarla. No, no la soledad de los que se encierran en monasterios y en sus celdas se azotan por los pecados imaginados por las ansias de la carne. Tampoco de las monjas que en su vanidad se creen que pueden ser únicamente poseídas por el Creador y su Hijo; no. Tampoco quienes creen lograr la inmortalidad repitiendo letanías que pierden el sentido de tanto repetirlas, en el misticismo, en las religiones que inventamos los hombres para mentirnos justificándonos por qué y cuándo existimos, mientras traicionamos sus dogmas y principios.

La soledad no es una patología, como diría mi Huasa. Escoger aislarse del mundo, de los hombres, de toda sociedad y suciedad, tiene un sentido cuando el hombre o la mujer que así lo han decidido, es un privilegio.

En el caso de Peter Graift, solamente quería descubrir o seguir una ruta por un solo camino: El Paralelo 50.

De tal modo, un día de esos en 2005, acopló a su bicicleta un carrito, lo cargó con todo lo imprescindible que estimaba le sería necesario y partió, sin decir adiós a nadie, una mañana que mi padre habría dicho: "Denso viene el día", como indicaba el título de una de sus novelas.

De su Maguncia natal, llegó a Austria y siguió por Hungría, saltó a Yugoslavia, atravesó el Danubio y pasó por Rumania, vuelta a atravesar el río, llegar a Bulgaria, Turquía, Grecia, Italia, Francia, España, Portugal, recorriendo aproximadamente 30.000 kilómetros.

Vivía gracias a cualquier tipo de trabajo, desde coger aceitunas en España, Italia o Grecia, uva en otros países, manzanas, en la cosecha que fuese, siempre sin abrir la boca, sonriendo cuando lo saludaban y todos estaban convencidos que Peter era mudo: Peter, olvidó el idioma de los hombres, quedó zurdo a las palabras de los hombres, pero en cambio, sí, Peter descubrió que la Naturaleza tiene su propio idioma y él lo conoce mejor que nadie.

Pero no tiene nada de extraordinario recorrer 30.000 kilómetros por el Paralelo 50.

Hasta que sin palabra alguna, supe el motivo.

Desde entonces, es mi amigo.

El amigo de los pájaros

El intruso en nuestra isla no partió más. Al final nos acostumbramos con su presencia y verlo arreglando un local abandonado por la dirección de la navegación en Francia.

Cincuenta metros cuadrados, nada más. Sacó todas las basuras allí amontonadas y poco a poco comenzó por instalar al interior su carpa, luego puso puertas al local recuperadas no sé donde, con un barril fabricó una estufa y más tarde con otras latas una cocina.

Más tarde, decidió seguir con el trabajo de su vida: construir nidos para los pajaritos del bosque, especialmente para aquellos que no lograron continuar el viaje hacia mejores climas, abandonados por la bandada que en otoño viajan al sur, provenientes desde Escandinavia, incluso del Ártico, hacia África o donde los genes lo llevan y así a reproducirse y regresar en el mismo ciclo de toda una vida, hasta que la Naturaleza exista y no la destruya definitivamente el Hombre.

Una tarde me invitó a comer: cebollas fritas en manteca y La Huasa me olió llegar a cuarenta metros de la casa. Peter, le expliqué, comía solamente cebollas fritas. Y punto.

Desde la mañana hasta la última luz del día, Peter fabrica sus casitas de madera recuperada y las instala en los bosques de nuestra isla compartida. Hay veces que lo ayudo a enderezar clavos oxidados, aserruchar malamente un trozo de madera, colgar los nidos en lugares estratégicos y sin decir -como de costumbre- nos decimos con las miradas que era ahí el lugar preciso donde instalar el nido respectivo.

Durante un par de meses, el invierno volverá a colgar la tristeza en nuestras almas. El gris inundará nuestra isla; el frío nos obligará a encerrarnos en nuestras moradas, te preguntarás si será el próximo o el último invierno, te dirás esperanzado que en la próxima primavera en los nidos que colgamos en el bosque han sobrevivido los que no pudieron emprender el vuelo, te convences que como sigues siendo un niño vestido de anciano no puedes irte tan rápido, que mi Huasa logrará salvarme con el medicamento milagroso y así la continuaré amando, a cada instante, hasta mañana y pasado mañana.

Al comienzo de este verano -que ya se termina precozmente-, le pedí que me construyera una pequeña casita para colgarla en un guindo al lado de la "Araucaria Mía". Dos días después, pintada en un blanco inmaculado, me ayudó a colgarlo. En ningún momento me preguntó por qué lo quería justamente en ese árbol, pero de todos modos se lo dije:

- Peter, hermano, hubiese deseado repartir al país que ya me olvidó, allá, en el país de mis bosques que besan las nubes, allá donde los choroyes me esperaron, allá donde el viento me sigue trayendo la voz de los seres que tanto amé... Mas, Peter, hermano, mi alma se quedará en este bosque, en este mismo sitio al lado de esta araucaria que planté hace unos años y desde aquí, de este guindo lo veré crecer, miraré los otros guindos y cerezos en flor, los manzanos salvajes, las flores del bosque, veré a mi Huasita caminando al borde de la Mosela y sonreirá cuando mire este nido y musitará palabras de amor hacia este nido que me has construido, hermano, con el lenguaje de la ternura que a ti también te lo enseñó la Naturaleza.

Y tú, amigo, verás que en cada nido que construiste, hay otras almas que agradecen tu caminar por el Paralelo 50.

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