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28 de junio de 2010
Doris AtkinsonDoris Atkinson, sobrina de Doris Dana -compañera de Gabriela- es la actual albacea de nuestra Poetisa Mayor.
Gabriela MistralGabriela Mistral, nuestra insigne Premio Nobel.

La mirada de Doris Atkinson, albacea de Gabriela Mistral

Por Maria Cristina Jurado
De: Revista El Sábado / El Mercurio de Santiago

En una bucólica ciudad de 24 mil habitantes, a cuatro horas de Manhattan, entre hayas y abetos que resplandecen bajo el sol de este fin de verano vive Doris Atkinson, ingeniera civil. Es la sobrina de Doris Dana, quien fuera la asistente y compañera de Gabriela Mistral. También, la albacea del legado mistraliano y quien lo entregó a Chile en 2007.

Después de tres años de intenso trabajo para devolver a la Premio Nobel a su hogar, hoy vive un período sabático en su casa de South Hadley, Massachusetts.

Con la polémica fresca sobre Niña Errante, el libro que revela el intercambio epistolar a fines de los 40 y principios de los 50 entre Gabriela y Doris, dice:

-Mi tía sólo estuvo nueve años con Mistral, quien murió en enero de 1957. La gente olvida cuál fue el verdadero amor de Gabriela: Yin Yin. Mi tía me habló mucho y con gran emoción siempre de él, de cómo su muerte prácticamente destruyó a Mistral. Habían pasado 60 años, pero su voz se cargaba con tristeza y profundo sentimiento cada vez que nombraba a Yin Yin. Yo pensaba que ella volvía a sentir el estremecimiento de Gabriela enfrentada a ese suicidio. Doris Dana había pasado por depresiones y su padre, probablemente, se suicidó. Eso le influía. Mi tía siempre me dijo que no fue ella, que nunca fue ella, sino Yin Yin, la relación más importante en la vida de Gabriela Mistral.

Doris Atkinson abunda en el tema. Por sus manos pasó Meditaciones, una suerte de diario sin fechas con reflexiones de la poetisa sobre su hijo adolescente después de su muerte. "Incluso yo, que no leo bien el español, pude captar el dolor, la emoción y la nostalgia de Gabriela. Mi tía siempre me dijo que ella nunca más volvió a ser la misma después de su suicidio y que, a sus ojos, esto había también influido en su poesía. Estuvo con Yin Yin no más de 16 o 17 años, pero le duró el resto de su vida".

A juicio de la ingeniera, Meditaciones debiera convertirse en libro: "No puedo pensar otra cosa, ese material es un libro que sólo falta imprimir".

La polémica

Atkinson también habla de Niña Errante y dice que si ese libro revela la naturaleza del amor que envolvía a la poetisa y a su asistente, esto no afecta la estatura de la creadora. Ni menos su obra, dice.

-El amor es una palabra de la cual se abusa. Con ella se describe desde el afecto por un niño hasta por un helado o un país. Los inuits tienen 200 palabras para la nieve y, nosotros, apenas una para 200 tipos de amor. Cada relación entre dos personas -no sólo entre un hombre y una mujer- merecería su propia palabra. ¿Por qué hay una fijación con el sexo y el amor? Creo que es inmadurez en nuestra evolución humana. Espero que algún día nuestra especie evolucione y conceda el lugar múltiple que el amor, en todas sus formas, merece. Para mí, éste no tiene género.

-¿Qué siente respecto a la polémica causada por estas cartas?

-No me extraña. Es imposible que toda la humanidad aplauda una decisión como ésta, siempre habrá una parte que se sentirá herida. Pero, se esté de acuerdo o no, la realidad es que Doris Dana no otorgó a ningún particular o institución en el mundo el derecho a censurar o vetar parte alguna del legado de Mistral. A mí, como su sobrina y albacea, sólo me indicó que el legado debería depositarse en manos óptimas que lo conservaran con excelencia y lo hicieran público. Con una sola frase, Doris podría haber matizado su decisión. Nunca lo hizo.

Atkinson está segura de una cosa. Ya que las cartas entre Dana y Mistral iban a caer en dominio público, lo razonable habría sido publicar la totalidad de ellas en un solo libro. No parcialmente y menos editadas. Sólo así, a su juicio, cada lector podría formarse una opinión por sí mismo:

-La verdad es la verdad. Las cartas dicen lo que dicen. Publicándolas todas juntas en una transcripción fiel, llegaríamos tan cerca de la verdad como se puede. Como la realidad histórica nos permite. No hay ninguna otra manera.

Por una sola vez, hablando de la correspondencia entre Dana y Mistral, la ingeniera se alegra de no hablar buen castellano. No habiendo tenido acceso a la lectura de esas cartas y sin saber bien de qué trataban, tomó su decisión en completa libertad. "Nunca pensé en qué sentiría quién con la publicación de su contenido. Recién estoy leyéndolas de a poquito, en mi mal español. Y todavía no estoy segura de que haya revelaciones delineadas tan claramente. Para mí, el tema de la orientación sexual de Gabriela y de Doris no tiene ninguna importancia".

Y enfatiza que, por leer más fácilmente prosa que poesía en español, la Mistral se le aparece como un gran personaje literario, pero también político. Las batallas de la Premio Nobel en favor de los derechos humanos y, en particular, de los derechos infantiles, le parecen a Doris Atkinson mucho más relevantes que su vida personal.

Una tía complicada

La madre de Doris Dana era alcohólica y estuvo gran parte de su vida entrando y saliendo de hospitales siquiátricos. Tuvo tres hijas: Ethel, Doris y Leora. Sólo Ethel se casó y tuvo siete niños, de los cuales la menor fue Doris Atkinson. Cuando ésta conoció a Dana, a los catorce años, arrastraba una larga historia de disfunción familiar. Su mamá, Ethel, cansada y asustada de su propia madre alcohólica y perturbada, tomó la decisión de cambiarse de Nueva York a California con su familia. No quería a sus siete niños cerca de una enferma.

-Conocí tarde a tía Doris y, más tarde aún, a tía Leora, quien era actriz. Ninguna se casó. Nosotros crecimos sintiendo que no teníamos abuelos ni tías.

Atkinson conoció a Doris Dana cuando ésta tenía 52, y hacía quince años que Mistral había muerto: era 1972.

La adolescente se convirtió en la sobrina preferida de Dana. En Nueva York iban al teatro, comían maíz en el patio, nadaban en el mar, jugaban ajedrez o poker.

-Tenía una risa clara cuando estaba contenta. Le encantaba seguir las noticias políticas en la televisión y discutirlas conmigo. Me presentó una galería de artistas, escritores, dramaturgos y muchos amigos que, simplemente, no hacían nada. Mi tía era joven y vigorosa en ese tiempo.

Atkinson fue sabiendo de a poco de Gabriela. En los años setenta, la Mistral, dice ella, no era conocida para su generación en Estados Unidos. Pasaron muchos años antes de que Dana le contara sobre los manuscritos inéditos que conservaba de la poetisa. Siempre misteriosa, le contó que estaba trabajando en Poema de Chile, y ella asumió que ese poema encerraba todo su material sin publicar.

Fue una relación emocional, salpicada de silencios.

-Pasábamos largos períodos en que no nos veíamos. Al principio la visitaba una vez al año, después menos. Sólo al final me convertí casi en su asistente, y viajaba a verla a Florida dos o tres veces al año.

En sus últimos años, el rol de Doris Atkinson fue crucial para Doris Dana. La llevaba a controles médicos, se encargaba de sus remedios, y, por razones que hasta hoy esta ingeniera no se explica, la nombró la limpiadora oficial de sus alfombras. "Decía que sólo yo sabía cómo hacerlo".

También hubo ingratitud.

Atkinson prefiere no ahondar sobre el dolor que le causaron las innumerables veces en que Dana fue cruel o insultante. "Yo sabía que no podía culparla. Me llamaba estúpida y me retaba, pero era porque se desesperaba ante la pérdida de sus facultades".

Para Doris Dana, Gabriela Mistral fue una imagen presente hasta su muerte en 2006. Pasaba largos períodos de ensimismamiento en que no podía hablar de la poeta, otros en que era más abierta.

-Mientras mayor interés demostraba yo en la Premio Nobel, más se encerraba ella. Cuando empecé a estudiar español para poder leerla, mi tía me castigó cerrándose meses frente al tema.

Viaje a Chile

A los 50 años, esta bióloga de formación, quien trabajó veinte años en Tighe & Bond, una compañía de ingeniería ambiental en South Hadley, Massachusetts -ciudad a donde emigró desde California, hace 36 años-, vive un período de descanso. Heredó de su tía, quien murió en 2006, una fortuna considerable.

Doris, una mujer culta y de múltiples intereses, creció en una familia numerosa: fue la menor de siete hermanos, quienes hoy, muertos sus padres, se reparten entre California, Iowa, Idaho y Massachusetts, casi todos científicos.

Ella estudió Ciencias Biológicas en la Universidad de Mount Holyoke y, como segunda carrera, ingeniería civil y ambiental en Massachusetts. Mucho tiempo después, cuando el huracán del legado de su tía Doris le cayó en las manos, descubrió que en Mount Holyoke, un día hace muchos años, la Mistral había dictado una conferencia. Lo sintió como una sincronía, pero también una premonición: Gabriela sería, a partir de ahora, parte de su vida. Y hoy, que las aproximadamente 168 cajas con 860 documentos, 500 cartas, cinco álbumes de fotos y decenas de objetos descansan en Chile gracias a su gestión y al concurso del gobierno chileno, Doris Atkinson respira, aliviada.

Doris se pasea por su casona, flanqueada por abedules y encinas, en busca de su gato Dumbledore. Le puso así por el personaje de Harry Potter, pero, se lamenta, su gato sólo obedece a la primera parte del nombre: dumb (tonto).

Vive desde hace veinte años con Susan Smith, una ornitóloga jubilada. Susan vivió cuatro años en Costa Rica y, con su dominio del castellano, se transformó en el gran apoyo de Doris al momento de catalogar, ordenar y revisar el legado de Mistral. "Ordenar todo lo que me llegó desde las casas de Nueva York y Florida, era un trabajo imposible para una sola persona. Tuve que arrendar un departamento para guardar esa enormidad de cajas, documentos y objetos: en nuestra casa no cabían. Susan me ayudó en el orden y me acompañó en mis tres viajes a Chile. Ella fue capital en mi toma de decisiones".

Ingeniera al fin, Doris elaboró un plan magistral de seguridad que resguardó durante nueve meses el tesoro literario que llegó a sus manos. El departamento de South Hadley se convirtió en un pequeño fuerte. "Sólo nueve meses después de morir mi tía, el material partió en camiones a la embajada de Chile en Washington".

El primer viaje a Chile de Doris y Susan, en noviembre de 2006, fue el que recuerda con más cariño. Se enamoró de Santiago, de Viña, de Punta Arenas. El país entonces no sabía que esta turista gringa sería la responsable de recuperar para Chile lo que los mistralianos dicen es el 60 por ciento de la producción de Gabriela Mistral.

Ese viaje fue capital para su decisión. "Recorriendo con Susan el país nos dimos cuenta cuán importante era la poetisa para los chilenos. En esa época yo no tenía idea que sería nombrada albacea por mi tía, mi mirada no estuvo teñida, sólo observé. Enfrentada a la disyuntiva sobre el legado, recordé el cariño de su pueblo por Gabriela".

Regresó a Estados Unidos sólo cuatro días antes de morir Doris Dana.

-Siempre reflexiono sobre que, de no haberse suicidado Yin Yin o si la tía hubiese muerto en 2004, este legado jamás hubiera llegado a mis manos. Doris vivía cambiando su testamento y antes había designado como albacea a una amiga, pero algo falló. Entonces me designó a mí.

Nunca se conocerán las intenciones de Dana. Doris Atkinson se sorprendió mucho, cuenta, cuando la biógrafa de Mistral, Elizabeth Horan, le comentó que ya en 1982, Dana había pensado en su sobrina para recibir la documentación de Gabriela. "Ella siempre fue muy cambiante, una persona que jamás dejó traslucir sus sentimientos, algo que siempre me entristeció. Pienso que sólo con Mistral, y en su juventud, pudo abrirse".

En octubre de 2005, Doris Atkinson pasó un mes entero con su tía. En su casa de Nueva York, tuvo acceso al objeto que causaba mayor emoción en Dana: el escritorio de Mistral.

-Mi tía me contó que mucha gente llegaba a su casa y, al ver un imponente escritorio en caoba, le preguntaban si era el de Gabriela. Ella contestaba que no, que había pertenecido a su bisabuelo. A continuación, abría un clóset angosto y sacaba una pequeña plancha de madera, ajada por los años.

Esa simple plancha, que Gabriela afirmaba en los brazos de cualquier silla y donde escribió la mayoría de su imperecedera obra, es para Doris Atkinson el símbolo de su historia.

Cuando vio la foto de la Presidenta Michelle Bachelet con esta plancha en sus manos en el Museo de Vicuña, sintió su tarea terminada. Gabriela había vuelto a Chile.

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