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31 de agosto de 2009
Clan KennedyTed, Jacqueline, John Jr., Caroline y su marido, Ed Schlossberg, en 1992. Foto: AFP.

Adiós a una era: muere el clan Kennedy

Idoya Noain / Nueva York

Lo dijo ayer el presidente de Estados Unidos, Barack Obama. «Aunque sabíamos desde hace tiempo que este día llegaría, lo esperábamos no sin temor». Tras más de un año de lucha contra un tumor cerebral, Edward Moore Kennedy, Ted, Teddy, falleció el martes por la noche, a los 77 años, en su casa de Hyannis Port, en Massachusetts. Acabó Camelot, se cierra una era.

Quedan hijos, sobrinos, nietos... Herederos de un apellido que representa en Estados Unidos lo más cercano a una monarquía. Pero con Teddy desaparece el último miembro destacado de un clan que ha marcado la historia, la política y las vidas de los estadounidenses durante más de medio siglo, quizá el que mejor encarnó una realidad resumida por el historiador James Sterling Young: «La mayoría de la gente crece y entra en política. Los Kennedy entran en política y luego crecen».

Mientras todas las banderas de los edificios federales bajaban a media asta, el país se sumía en una sensación de pérdida irremplazable que también puso en palabras Obama: «Para su familia era un guardián; para América, fue el defensor de un sueño».

El presidente llegó a llamar a Kennedy «el mejor senador de nuestra era». Y se le hacía difícil elegir una entre las cerca de 600 iniciativas legislativas que Kennedy llegó a ver convertidas en ley en sus 46 años en la Cámara Alta. Derechos civiles, laborales y electorales; sanidad, educación, lucha contra la pobreza, acceso a la vivienda... Todo lo abarcó Kennedy en su lucha por lo que llamó «los miembros más humildes de la sociedad». Y por todo eso algunos identifican ya su legado como más importante que el de sus dos famosos hermanos, los asesinados John F. Kennedy y Robert Kennedy.

Victorias y derrotas

Cerca de sus tumbas, en el cementerio de Arlington, en Virginia, será enterrado. Y en ese camposanto quedará un hombre que conoció -siempre bajo los focos- victorias y derrotas, tragedias y alegrías. La llamada «maldición de los Kennedy», con una familia plagada de muertes, le obligó a erigirse en patriarca.

Teddy Kennedy vivió muchas luces, pero también una eterna sombra: Chappaquiddick. Una noche de verano de 1969, tras una barbacoa regada de alcohol, su coche cayó por un puente en la isla. Le acompañaba una joven, Mary Jo Kopechne, que murió ahogada. Él tardó nueve horas en avisar a la policía. Fue sentenciado a dos meses en libertad condicional por abandonar la escena de un accidente. Pero la condena fue en realidad mayor. Nunca pudo quitarse de encima la sospecha, los interrogantes sin respuesta. Y en parte eso frustró su único intento de llegar a la Casa Blanca, perdiendo en las primarias contra Jimmy Carter en 1980. Pero redirigió su carrera. «Perseguir la presidencia no es mi vida; el servicio público lo es», dijo.

Ausencia clave en el Senado

Sus colegas en el Senado lo lloraron sin diferencias de partido, culminando una carrera memorable. Fue el «león liberal», uno de los demócratas más progresistas, látigo para los republicanos en ocasiones históricas, como cuando fue de los pocos en negar su voto a George Bush para la guerra de Irak. La denunció como «un fraude».

Pero fue también un estratega que buscó y logró alianzas con los republicanos cuando hizo falta para avanzar en las causas que defendía. La última por la que luchó con pasión, como hacía desde 1969, fue la reforma de la sanidad, «un derecho y no un privilegio». Y su ausencia en ese debate se sentirá más que por su escaño vacío, para el que pidió un rápido reemplazo en una conmovedora carta la semana pasada, intentando evitar el proceso burocrático que puede retrasarse hasta enero.

Obama -al que apoyó pagando el precio de su buena relación con los Clinton- ha perdido un gran aliado. Y le resonarán las palabras que le dijo ayer la viuda al vicepresidente Joe Biden: «Él estaba listo para marcharse. Nosotros no estábamos listos para dejarle ir».

El final de una larga estirpe

Román Gubert, Catedrático e historiador

Parecían personajes extraídos de una telenovela con glamur, como aquellos guapos, ricos y famosos que se movían por suntuosos decorados en Dinastía. Pertenecían a la aristocracia progresista y católica de Massachusetts, el estado con más universidades en el país. Todos pasaron por Harvard, a todos les gustaban las mujeres guapas y todos amaron el riesgo. Su antecesor, Joseph Kennedy, anduvo metido en negocios de Hollywood, luego fue embajador en Londres y demostró, antes de la Segunda Guerra Mundial, «comprensión» hacia Hitler. Pero esta anomalía política no se transmitió al genoma familiar y la historia de los Kennedy que conservan los archivos televisivos y nuestra memoria colectiva ha extirpado a aquel abuelo del panteón familiar.

La estirpe de los Kennedy constituyó lo más parecido a una familia real en tierras republicanas. Fueron guapos y ricos, pero no felices, pese al olor a buena colonia que desprendían sus arrolladoras presencias. El alcohol y el sexo, y los disparos de balas asesinas en dos casos, les llevaron al panteón de las leyendas áureas, en donde, desde ayer, les acompaña el hermano menor, Ted, que fue apodado «el león del Senado», no sólo por su melena leonina, sino también por la fogosidad de sus intervenciones parlamentarias.

Todo empezó en el otoño de 1960, cuando John F. Kennedy se enfrentó en televisión a Richard Nixon. En aquel duelo electrónico se descubrió lo que era la telegenia. Contemporáneo de Andy Warhol, los Beatles y Mary Quant, la puesta en escena corporal y gestual de Kennedy le convirtieron en un emblema publicitario en sintonía con las necesidades emocionales de la década de los happy sixties, que había enterrado la venerable y canosa figura patriarcal del general Eisenhower.

En la actualidad se recuerda menos al Kennedy que envió asesores militares a Vietnam que al que fuera amante de Marilyn Monroe, otro icono reluciente de su época y abocada también a un destino trágico. Tal vez algún día el FBI nos revelará si fue también amante de su hermano Robert, como se ha rumoreado, pero en todo caso el episodio confirma que los Kennedy, pese a haber nacido en la otra punta del país, eran «carne de Hollywood». Aunque el adulterio del presidente se suponía clandestino -mucho menos publicitado y ruidoso que el de Bill Clinton con una becaria anónima-, los noticiarios de la época nos han legado algún testimonio impagable, como la canción de felicitación de cumpleaños que la rubia actriz lanzó a su amante en público con ocasión de uno de sus cumpleaños. Alguien escribió que aquella insinuante canción equivalió a una felación simbólica hecha en público. De John recordamos también su cuerpo oscilando en un balancín, en un movimiento que cualquier psicoanalista de pacotilla podría recordarnos que era el del ritmo físico del amor.

Todas estas estampas fueron brutalmente barridas en otro otoño de 1963, esta vez en Dallas, cuando un desequilibrado solitario (¿o un oscuro complot político de altura?) le segó la vida disparando desde una ventana a la comitiva presidencial. Hemos visto tantas veces sus imágenes desvaídas registradas con una cámara de aficionado que ya forman parte de nuestros sueños y a veces, por un instante, parecen querer devolvernos su cuerpo a la vida, como ocurre con las películas proyectadas al revés. ¿Se acabó ahí la leyenda de John F. Kennedy? No, porque tomó el relevo de su carisma la elegante Jacqueline Bouvier Kennedy, de sangre francesa, que saltó a Europa, a los palacios griegos de Onassis, al naviero más rico del mundo.

Su hermano menor Robert fue ministro de Justicia al servicio de John y también luchó a favor de los derechos civiles de las minorías. Su cuerpo era todavía más elástico que el del presidente y, como él, fue víctima de la maldición de la estirpe, pues su vida fue segada por la bala de otro desequilibrado, un sirio iluminado que saltó del anonimato a la fama en el instante de un disparo. Con la muerte de Robert Kennedy se cancelaron también las especulaciones antiguas que relacionaban a los hermanos Kennedy, directa o lejanamente, con la mafia de Las Vegas, a través de sus amistades equívocas con personajes como Frank Sinatra y Sammy Davis jr.

El ‘caso Chappaquiddick'

Edward Kennedy era el hermano menor y el eslabón terminal de la estirpe. Su expediente personal aparecía manchado por un lejano y oscuro episodio, cuando su automóvil se precipitó a un lago en Chappaquiddick y en él se ahogó una muchacha joven y bella, Mary Jo Kopechne, colaboradora suya, que no se sabe por qué le acompañaba. Episodio oscuro, con aroma de escándalo sexual y textura de thriller. La joven ahogada se llevó todos sus secretos al fondo del lago y quién sabe cuán extenso (y también caro) fue el despliegue de la familia Kennedy para acallar aquel episodio de tintes clandestinos. El senador Kennedy aprendió a ser más discreto y destacó en el Senado por su lucha a favor de la reforma sanitaria en Estados Unidos -una guerra de desenlace aún pendiente en estos días- y recordamos su imagen en el comité del Senado que investigó los abusos en la prisión iraquí de Abu Grahib, interrogando con modales suaves pero firmeza en el contenido a los incompetentes generales que habían hecho posibles aquellos desmanes, que finalmente se achacaron a un «fallo sistémico», es decir, a un fallo que es de todos y por eso no es de nadie.

Ted Kennedy estuvo entre quienes empujaron con más firmeza la candidatura presidencial de Barack Obama, frente a Hillary Clinton, pues el candidato afroamericano era quien mejor encarnaba los ideales progresistas que la familia Kennedy había defendido en el último medio siglo, tanto en el poder como desde la oposición. ¿Se ha acabado la vida política para el clan Kennedy? Según como se mire. Hace unos meses, Caroline Kennedy, hija de John, manifestó su aspiración a ocupar el escaño del Senado que dejó libre Hillary Clinton al incorporarse el Gobierno de Obama. Pero sus desastrosos encuentros con la prensa cancelaron su propuesta. Y su candidatura a la embajada ante el Vaticano fue rechazada por la Santa Sede por su apoyo al aborto y a la investigación con células madre. Mientras que la demócrata Maria Shriver, hija de Eunice Kennedy y sobrina de John, está casada con el republicano Arnold Schwarzenegger, gobernador del estado de California, actualmente en quiebra.

El 'león del Senado'

I. N

NUEVA YORK

«Alguna gente ve cómo son las cosas y se pregunta por qué. Yo sueño cosas que nunca ocurrieron y me pregunto por qué no».

La frase de Bobby Kennedy resonó en su propio funeral en boca de su hermano, Teddy. Y fue él quien cogió la antorcha de su familia y, pese a una vida marcada por la tragedia y los avatares personales, selló una carrera política que ha hecho leyenda en Estados Unidos.

Nacido el 22 de febrero de 1932 en Brookline, Massachusetts, Teddy fue el menor de los nueve hijos (cinco chicas y cuatro chicos) de Joseph Kennedy y Rose Fitzgerald. Como sus hermanos fue acunado, como diría su madre, «con nanas políticas». Y como ellos creció marcado por sus raíces irlandesas, el catolicismo y la filosofía del patriarca: «No queremos perdedores por aquí. En esta familia queremos ganadores».

Debates brillantes

Teddy no fue el más destacado en los estudios, pero brillaba en los debates y en el fútbol. Su primera entrada en Harvard acabó en expulsión -intentó que otro estudiante pasara por él en un examen de español-. Llegó después el alistamiento militar (y dos años enchufado en la OTAN). Más tarde el regreso a Harvard, esta vez sin incidentes, los estudios de Derecho, un trabajo como asistente de un fiscal... Pero la política esperaba.

En 1958 debutó gestionando la campaña para la reelección como senador de su hermano John, que acabaría siendo presidente. Y cuando Robert fue designado fiscal general se lanzó a por el escaño del Senado cumplidos los 30 años justos, la edad mínima. Pudo con las dudas sobre su falta de experiencia que resumió su rival en las primarias, Edward McCormack: «Si su nombre fuera Edward Moore en vez de Edward Moore Kennedy, su candidatura sería una broma». Y arrancó una carrera histórica.

Los 60 fueron años de tragedia. El magnicidio de JFK, el asesinato de Bobby... El propio Teddy estuvo a punto de perder la vida en un accidente de avioneta en 1964, un siniestro que le dejó dolores crónicos de espalda y cuello. Pero, convaleciente, ganó la reelección.

Como a sus hermanos, le perseguía la fama de mujeriego, y su reacción ante el siniestro donde se ahogó la joven de 28 años Mary Jo Kopechne le perseguiría siempre. «Me superaron el dolor, el miedo, la duda, el cansancio, el pánico, la confusión», confesó a los estadounidenses una semana después del accidente. Pidió que le dijeran si debía seguir en política. Escuchó un rotundo sí.

Años turbios

Los 70 también fueron turbios. Su hijo Edward tuvo cáncer y le amputaron una pierna (su hija Kara padecería más tarde cáncer de pulmón y su hijo Patrick, congresista, ha tenido problemas de adicción). De su primera esposa, Joan Bennett, alcohólica, se divorció en 1982.

Un escándalo más le sacudió en 1991. Salió de juerga en Palm Beach (Florida) con su hijo Patrick y un sobrino, William Kennedy Smith, que acabó siendo acusado de violación (y exculpado). Pero su agitada vida personal no pudo hundirlo. Apodado el león del Senado, su carrera ha sido la tercera más larga en la cámara. Su apellido le abrió las puertas de la historia. Su trabajo le ganó su lugar en ella.

Editorial: El último del clan

La muerte de Edward Kennedy cierra una larga historia de presencia pública de una misma familia en la política de Estados Unidos y, por extensión, en la escena internacional. El mayor mérito de Ted Kennedy a lo largo de su dilatada vida pública fue labrarse un perfil propio bajo la inmensa sombra que supone ser hermano de un presidente asesinado en 1963, John, y de un dirigente, Robert, que murió tiroteado en 1968, cuando trataba de alcanzar la nominación del Partido Demócrata para aspirar a la Casa Blanca. Ted parecía destinado a recoger el testigo -tenía entonces 36 años-, pero esa opción quedó ahogada en 1969 tras un oscuro accidente de coche en Chappaquiddick, donde murió ahogada una joven colaboradora del clan familiar.

Los Kennedy están indisolublemente unidos a la leyenda de las desgracias familiares, como si fuera una familia real en un país republicano. Pero esa visión no hace justicia al jefe del clan fallecido ayer. Ted Kennedy fue un senador activo -en la Cámara desde 1962-, con una gran aportación a la mejora de los servicios sociales de EEUU. Barack Obama notará su ausencia para el impulso del seguro médico universal. Como político de raza, el menor de los Kennedy no se mordió la lengua para denunciar la invasión de Irak y otras políticas conservadoras. Como también supo implicarse, adelantándose en el tiempo, con causas tan diversas como el conflicto de Irlanda del Norte, el apartheid de Suráfrica o las dictaduras latinoamericanas.

Ese es el legado a tener en cuenta de Ted Kennedy, más allá de su azarosa vida y complicada familia. Que esa política progresista no tuviera continuadores sería la auténtica tragedia.

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